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Helen, mi maestra privada

Comencé a moverme queriendo romperle el culo, Helen me dio a entender cuál era la cadencia que quería y yo respondí dándole bien fuerte, esta mujer no tenía reparos para el sexo, lo disfrutaba horrores, gemía, decía cosas calientes y pedía verga
Un relato erótico de Relatos publicado el 28/10/2009, con 38.676 lecturas hasta la fecha

Comencé a moverme queriendo romperle el culo, Helen me dio a entender cuál era la cadencia que quería y yo respondí dándole bien fuerte, esta mujer no tenía reparos para el sexo, lo disfrutaba horrores, gemía, decía cosas calientes y pedía verga a los gritos y yo estaba extasiado de estar con alguien tan genial que no tardé más de cinco minutos en decirle que le tiraba mi leche en su culo.

Si alguno de los lectores ha tenido ocasión de leer mis anteriores relatos en esta muy buena página, podrá comprender las razones o motivos de mi especial gusto por mujeres de 40 años o poco más y la suerte que me ha acompañado de que todas ellas, solteras y/o casadas, fueran muy buenas amantes que sabían disfrutar del sexo en su totalidad y sin reparos.

Desde mi más temprana edad adulta tuve la suerte de conocer siempre mujeres que al momento de llegar a la intimidad se han abierto a las experiencias sin miramientos o tabúes y eso ha sido muy beneficioso, pues cada nueva experiencia me permitió conocer más de la naturaleza femenina, de cómo es esa compleja máquina de amar, sus deseos, gustos y, por sobre todo, de cómo tratarlas al tiempo de darles placer.

Celeste siempre estuvo allí, nunca se opuso a que fuera de nuestra relación yo buscara el amor de una mujer para formar una unión duradera y, mucho menos, que conociera a otras e incrementara mis experiencias, lo único que nunca hice con ella fue contarle de cada mujer que había conocido e intimado, porque lo que nos unía además de la atracción y el afecto era por sobre todo el respeto del otro y su integridad de persona con sentimientos, pensamientos y deseos.

Desde mi inicio sexual junto a Celeste en los tiernos años de la adolescencia fueron pasando los años y además de las relaciones con ella fueron pasando diversas novias, amigas o compañeras de estudios e, incluso, un matrimonio que duró poco. Después de cumplir mis 26 años, yo ya había terminado mis estudios universitarios, había tenido un hijo maravilloso, trabajaba en mi profesión y, como todo divorciado, vivía en un departamento de tan solo dos ambientes, cocina, baño y balcón exterior y, todas esas comodidades me daban las posibilidades de tener una vida sexual intensamente activa, con visitas a mi casa de novias, amigas y amantes con total libertad.

Esos años que corrieron entre los 26 y los 33 han sido los mejores años de mi vida y los más intensos y precisamente de ese periodo de mi vida quiero relatarles hoy a los estimados lectores la historia vivida con Helen. Para ir entrando en nuestra historias les contaré brevemente los antecedentes y como llegamos a conocernos con Helen. Ya dije recién, yo contaba con 26 años, vivía en un barrio de la ciudad de Buenos Aires donde lo mejor era el ambiente de su gente, muchos jóvenes que estudian, lindas calles y parques o plazas, donde se notaba siempre un espíritu jovial y donde las mujeres destacan por su simplicidad y buena educación.Yo vivía en un sexto piso con balcón a la calle y su orientación hacia el nor-noreste, permitía que en los meses de octubre a marzo (primavera y verano) uno pudiera tomar el sol sin salir de la casa y eso hacía yo precisamente sentándome siempre en el balcón a leer en shorts de baño o deportivos y disfrutar del lugar y la tranquilidad, máxime que mi trabajo de oficina sólo cubría el horario de 7.00 AM hasta las 3.00 PM o 15.00 horas y me dejaba toda la tarde hasta las 19.00 PM para disfrutar del sol y mi casa.

Ni que decirles a los lectores que cuando no me encontraba leyendo, escuchando música o haciendo algo de la casa, me la pasaba al sol en el balcón y observando la vecindad y fue así que descubrí a Helen y su amiga Patricia. Helen resultó ser una mujer de nacionalidad Europea oriental que vino a la Argentina de joven junto a sus padres y un hermano saliendo de un país bajo la influencia de la Unión Soviética, soltera a los 38 años de edad en que la conocí, trabajaba como secretaria en una institución por el horario de las mañanas y por las tardes se recluía en su departamento. Pese a la gran cantidad de años en que vivía en Buenos Aires, su acento y forma de hablar dejaban notar su ascendencia europea, vivía sola en un apartamento de tres ambientes donde todos daban a la calle, dos habitaciones y una sala de estar confortable y ubicado tan solo dos pisos más abajo del mío cruzando la calle y un poco hacia la derecha, digamos que entre su balcón y el de mi casa habría unos 30 a 40 metros de distancia, máximos.

La primera vez que noté su presencia en su casa ella se encontraba echada en un sillón de tres cuerpos viendo la televisión, y desde ese primer momento no pude dejar de observarla pues era una mujer muy apetecible. Ella usaba por entonces el cabello por sobre sus hombros, de color rubio y reflejos de tintura más clara que le daban un brillo especial a su rostro, la piel blanca como la nieve o la leche, una boca de labios finos, con amplia sonrisa donde resaltaban sus blancos dientes como un collar de perlas y, lo mejor de todo y que más recuerdo, unos ojos claros, de color verde suave con pintas marrones pequeñas que cuando los veías quedabas como hipnotizado.

El cuerpo de Helen no era el de una mujer joven pero si era delgada, no era de esas que van al gimnasio a modelar y no lo necesitaba, su altura era poco más de 1,75 cms, tal vez 1,80. Los pechos no eran grandes, incluso, mis manos en ellos parecían enormes y pese a que me gustan de pechos grandes las mujeres, los suyos tenían la ventaja que con la edad aun se mantenían firmes. Sus brazos eran largos y sus manos grandes con unos dedos finos y alargados que siempre tenía bien cuidados en lo estético, usaba esmaltes de color rojo en las uñas y pocas joyas, un anillo o dos a lo sumo.

Sus piernas eran tan largas que podemos decir que era la mejor parte de su bien conservada forma física, por su condición de delgada no tenía celulitis, era de muslos firmes y sus pantorrillas eran fuertes pero estéticamente delicadas y los zapatos de tacón le daban un aspecto de mujer sensual y de una finura que eran envidiables.

Es decir amigos, que sin ser una modelo, Helen tenía toda la belleza de una mujer que se sabe arreglar, que sabe como gradar a los hombres y junto a la experiencia personal que tenía como luego lo comprobé hacían de ella un espécimen femenino casi irresistible. Pasó poco tiempo desde que vi por primera vez a Helen y tuve oportunidad de conocerla y en ese tiempo siempre la había visto en su sala, viendo sola la televisión y/o circulando por su casa y la única vez que la vi en su habitación fue después de una ducha, intentando ir a dormir y, como ella sabía que desde el frente yo la observaba, bajó las persianas impidiéndome una visión completa de ella y como la odie ese dia por privarme de tamaño espectáculo.

Los días transcurrían sin mayor novedad y estando una tarde a principios del mes de diciembre en casa con mi mejor amigo Matías, pudimos ver a Helen que estaba en su casa, en su sillón pero en compañía de una amiga. Esa era Patricia, también de 40 años, divorciada, psicóloga, más baja que Helen pero de buenas formas, algo más rellenita pero apetecible. Ya Matías conocía de mi vouyerismo con Helen y estando ambos en el balcón disfrutando del sol y bronceándonos, nos quedamos observando la actividad de ambas mujeres y allí se dio todo para que las conociéramos. Desde nuestro lugar de observación en nuestro balcón podíamos ver claramente que ellas se encontraban hablando de que siempre era observado el departamento por mi o mis amigos, pues constantemente la amiga de Helen se asomaba por la ventana y miraba hacia arriba hasta nuestra ubicación e incluso, en un momento ambas salieron al balcón a tomar aire y ver la calle y allí estuvieron por varios minutos.

Es obvio que todo ese largo tiempo los comentarios entre Matías y yo trataron con exclusividad la existencia de ambas mujeres y cuando entraron ellas al departamento no quedamos con la bronca de no haber hecho el intento de contactarlas pero, la vida te da segundas oportunidades y ese mismo día sucedió eso.

Unos quince minutos después que las mujeres se metieran en el apartamento, las vimos salir por la puerta de calle, cruzaron la calle en dirección opuesta a la entrada de mi edificio y claramente pudimos verlas observando nuestra presencia aun en el balcón y cinco minutos después regresaron haciendo el camino inverso y otra vez lo mismo que antes, su mirada en el balcón. Fue entonces que sin pérdida de tiempo, a puro grito desde el piso sexto hacia la calle, comenzamos un dialogo, invitándolas a subir a nuestro departamento y ellas, con risas y carcajadas, depusieron la invitación con cortesía y nos saludaban con sus manos extendidas hacia lo alto. Que bronca sumamos en ese momento, no podía ser que aquellas mujeres se escaparan tan fácilmente de nuestros deseos, sólo el humor y gracia de Matías que bromeaba con las circunstancia hacía que todo eso fuera menos terrible, máxime cuando llevas semanas deseando ese instante y donde era obvio que ya existía un interés común de ambas partes.

Ellas entraron al edificio, nosotros volvimos a nuestro descanso bajo el sol y no fue sino hasta unos veinte minutos después que volvimos a descubrir a ambas mujeres en el balcón, mirando disimuladamente nuestra permanencia en aquel lugar y desde donde podía oírse levemente la risa de la amiga de Helen. Otra vez volvimos a la carga ambos, ahora con más insistencia y desesperación, ellas con señas rechazaban la invitación a que vinieran a mi casa, sonreían, hablaban entre ellas y volvían a hacerse las desentendidas del tema, haciendo de todo esto un juego de seducción infernal que sólo elevaba nuestra temperatura más que el mismo sol bajo el que nosotros nos encontrábamos.

Tras unos treinta minutos de insistentes actos de invitación a iniciar un contacto entre todos, fue Helen la que cambió todo y cortésmente nos invitó a ir para su casa y sin siquiera esperar un instante tanto Matías como yo respondimos afirmativamente, nos dio el número de departamento y tres minutos después estábamos tocando el portero eléctrico del departamento de Helen. Eran como las 18.00 horas, aproximadamente, cuando llegamos al departamento de Helen, ella nos hizo subir y al llegar a arriba nos abrió la puerta y nos presentamos:

- Hola, yo soy Paco, tu vecino de enfrente y él es Matías, mi mejor amigo.- Hola, pasen (dijo ella), Yo soy Helen y ella mi amiga Patricia, pasen (risas por lo bajo).

Los cuatro nos ubicamos en la sala del departamento, ellas sentadas al sillón de tres cuerpos desde el cual se veía mi balcón, Helen más cerca de la ventana de su propio balcón y su amiga hacia el interior, Matías a un costado, de frente a la ventana y a mí y yo a la izquierda de la dueña de casa y de espaldas a la ventana. Helen se encontraba vestida con un pantalón de jeans color azul oscuro, una blusa liviana y de mangas cortas color negro y unas sandalias bajas, Patricia vestía una falda que pertenecía a un trajecito tipo ejecutivo color beige, zapatos cerrados al tono y una blusa blanca, Matías y yo sólo zapatillas, playera y pantalón short de baño.

Comenzamos una charla bajo los nervios propios de la situación, comentamos actividades de cada uno, edades, estado civil, actividades sociales, etc. y nos fuimos soltando para conocernos mejor.

Inmediatamente tras las cortesías de rigor y de convidarnos un vino que todos nos pusimos a saborear mientras hablábamos, Helen fue directamente al punto y desató el mismo con un comentario simple pero eficaz para romper el hielo y dijo: -Te he visto casi a diario en tu balcón tomando el sol para poder observar el movimiento de mi departamento. Su frase sonó como una bomba en mis oídos, no me lo esperaba en ese momento y menos de forma tan clara y estridente. Reaccioné de inmediato y sin esquivar el bulto, le contesté:

- Es cierto. Hace como más de ocho meses que vivo en el edificio de enfrente pero recién hace un par de meses que noté que vivías acá y ahora es imposible ocultar que en estos dos meses te he visto más de una vez y que, incluso, hasta he esperado por verte cada día porque desde allí arriba tu imagen es espléndida y un gusto infinito y todo eso me dio ganas de conocerte, por eso estamos acá, ¿No? Ella echó a reír por la respuesta franca que le había dado y Matías agregó unos comentarios más sobre nuestras propias conversaciones donde o le había dicho que me gustaría encontrarla en la calle para hablarle o algo que me permitiera decirle que me gustaba. La reacción de ambas mujeres fue de risas, nos veían no como a dos adolescentes pero si como a dos hombres jóvenes, pensando que éramos inexpertos con las mujeres y como abordarlas y parecían querer jugar con nosotros y divertirse.

El tema de conversación se centró en las relaciones de todos, en que no había compromisos, novios, ni parejas, en reconocer que Helen me tenía loco y que de saber que había amigas como ella cerca algo hubiéramos inventado para acercarnos antes y de parte de ellas a hacerse las mujeres interesantes, reír, bromear al respecto y dejar ver que la situación era del agrado de ambas.

Habremos estado una hora o más charlando abiertamente entre todos y el vino se había acabado, le di mis llaves a Matías para que buscara una o dos botellas de mi casa y salió para allá junto a Patricia mientras Helen y yo quedamos en casa de ella esperando. Cuando se notó que Matías llegó a mi departamento, Helen me avisó y me pidió que me acercara para ver desde allí como se veía cuando ella notaba que había gente en mi casa. De inmediato me senté a su lado en el sillón, bien cerca de ella y miré para arriba a mi balcón, sólo se podía ver la luz encendida y parte del interior del techo de la sala, era necesario que alguien se acercara a la ventana para ver quien estaba ahí.

Justo en ese momento me di cuenta de que si ella quería mostrarme como se veía de abajo era porque ella también miraba buscando la presencia de personas en mi casa u observaba mis movimientos desde su lugar y eso me alegró y me dio el impulso necesario para avanzar con ella. Así sentados uno al lado del otro y mirando para mi departamento estuvimos un instante y al volverse ella para hacerme algún comentario yo no le di tiempo a nada, me le acerqué lento y decidido y tomándola del rostro la acerqué más para comenzar a besarla. En esa fracción de segundo pude ver como su rostro no denotaba sorpresa, sino agrado; como ella se dejó llevar por mis manos que la atraían y ladeando un poco su cabeza, cerrando los ojos y entreabriendo la boca, se ofreció para ese primer beso.

Al hacer contacto mis labios con los suyos mi lengua penetró su boca y comenzamos a jugar con ambas, dábamos vueltas entre una y la otra, las rozábamos, hurgábamos en el interior de nuestras bocas y un instante mi lengua estaba en su interior y ella me la succionaba con voracidad y al instante era a la inversa. Sin soltarle el rostro me acerqué más a ella mientras ese beso se prolongaba en el infinito y con mi otra mano la tomé de su cintura y recién allí pude sentir como ella rodeó mi cuello con sus largos brazos fundiéndonos en uno solo.

No sé cuantos minutos duró ese primer beso, porque sólo nos separamos cuando se sintió la puerta de la casa de Helen y entraron Matías y Patricia portando las botellas de vino que habían ido a buscar y nos encontraron en trance sobre el sillón. Nos dejamos de besar en ese instante y como si nada, nos levantamos para ir a tomar las botellas y dirigirnos a la cocina para abrirlas e invitamos a nuestros amigos para que se acomodaran mientras les traíamos el vino. Abrir y servir el vino no tardó más de dos o tres minutos (incluyendo mis caricias a ella o las de Helen hacia mi mientras el otro se ocupaba de la tarea) y al regresar a la sala nos sorprendimos de ver a Matías y Patricia, de pie junto al sillón y también besándose.

Los dejamos hacer, nos llegamos hasta nuestros lugares y continuamos charlando y solo para entonces ambos amigos se dieron cuenta de nuestra presencia y se acercaron para compartir el momento todos juntos y beber el vino. Seguimos todos charlando como por una hora, más o menos, en la cual nos bebimos toda la nueva botella de vino los cuatro. Cada tanto las parejas nos besábamos y seguíamos luego con la charla y el clima se iba distendiendo entre todos y subiendo el tono de excitación que ya nos embriaga tanto como el vino que disfrutábamos.

Matías se puso a besar a Patricia en un rincón de la sala y desde donde estábamos Helen y yo se podía ver cómo le metía mano por el cuerpo y sobre la ropa a Patricia y ella disfrutándolo. La escena era como ver una película o escena erótica (no porno) y nos hizo entrar en calor también a nosotros y de inmediato comenzamos a besarnos los dos sin importar lo que nuestros acompañantes hacían al otro lado y mis manos comenzaron a acariciar el cuerpo de Helen con suavidad, primero por su espalda y cintura, luego subiendo por la blusa hasta sentir los pechos en mis manos y las manos de ella bajando por mi pecho hasta situarse sobre el bulto debajo de mis short de baño y comenzar a acariciar suave mi pene que ya estaba en plena erección desde hacia como media hora y no se me podía bajar. Estuvimos besándonos así por largo rato y mis manos comenzaban a desabotonar la blusa de Helen cuando siento la voz de Matías que me interrumpe y dice:

- ¡Paco! Hey Paco, nosotros nos vamos a tu departamento y nos vemos después ¿OK? – Claro, vos sabes dónde está todo, tomen lo que quieran y nos vemos después o mañana.

Me volví para ver a Helen y seguimos besándonos e inmediatamente se sintió la puerta del departamento abrir y cerrarse atrás nuestro y nos quedamos solos allí. Nos levantamos tal y como estábamos a medio vestir o, mejor dicho, desvestir y nos encaminamos hacia el sillón de la sala pero Helen me tomó de la mano, me guió por el pasillo hacia las habitaciones y me llevó a la suya. Al llegar ella encendió la luz del techo, caminó por un lado de la cama y encendió la luz de mesa de noche y volvió para la puerta a apagar la otra. Yo permanecía en la puerta reconociendo la habitación desde un ángulo que no conocía, tenía una cama de dos plazas, con ambas mesas de noche a su lado y por sobre toda la pared encima de ella y en una altura de unos 40 centímetros dos estantes de biblioteca que estaban llenas de libros. Frente a la cama se veían las puertas del placard y del lado de enfrente a la puerta de entrada la puerta del baño de la casa.

Ella se acercó a mí, me volvió a besar y me introdujo en la habitación, me hizo sentar en la cama y me soltó. De inmediato se comenzó a quitar la ropa frente a mi dándome un espectáculo que muchas veces imaginé desde el balcón de enfrente pero que jamás pude ver, ni tampoco conocer lo espectacular que era.

Comenzó abriendo sus pantalones de jean y dejando sus sandalias a un lado y con un movimiento de sus caderas y piernas en lento vaivén comenzó a bajarlo colocando las manos sobre las nalgas y tirando o deslizándolo hacia abajo hasta que pasó las caderas y solo cayó hasta los pies. Entonces levantó un pie y luego el otro para despojarse definitivamente del pantalón y dejarlo tendido en el suelo de la habitación. Acarició mi rostro suavemente con su mano y de inmediato comenzó a desabotonar los dos botones que le quedaban prendidos a su blusa negra, la abrió suavemente con sus dos manos y con un dulce movimiento de los hombros la dejó caer por su espalda y abrió los brazos para que en su caída la prenda pudiera llegar al suelo también.

Ahí estaba Helen, tan sólo en su ropa interior de color negro frente a mis ojos, sus pechos (como dije no eran grandes) estaban bajo un sostén de esos que tienen relleno en su base y hacen que tomen una forma redonda y más abultada que hacen que sobresalgan por encima de la tela esa parte de piel suave y sedosa y bajo la prenda sus pezones se marcaban con fuerza de lo erectos que estaban.

Su bombacha era negra también, no de esas que siempre se describen aquí como tanga o de hilo dental, eran normales, un triángulo al frente que era brilloso y compacto frente a su pubis y que en los laterales tenía un bordado o encaje que subía trepando por las caderas hasta convertirse en una banda que la cruzaba hacia la cola y que al darse vuelta pude ver como la tela de la parte trasera le cruzaba ambas nalgas a la mitad formando otro triangulo y se le introducía en la raya del culo poco antes de llegar al final y se perdía hasta su unión con la tela frontal.

En ese momento me quité mis zapatillas como pude con los pies sin agacharme para no dejar de verla y raudamente me quité la playera quedando sólo en mis short de baño que usaba para tomar el sol en mi casa horas antes. Ella tomó desde atrás su sostén y lo desabrochó y con un movimiento inverso al de la blusa lo dejó caer por el frente hasta el piso y apoyó sus manos en mis hombros lo que me permitió una visión de sus pechos completa. Esas dos masas de carne eran un sueño, la piel parecía más de una mujer de 20 que de una de 40, no tenía arrugas ni piel que le sobrara, eran con la forma de dos gotas de agua y por la parte media baja coronados por dos pezones color oscuro que apuntaban hacia el techo en una evidente erección.

Ahí la tomé por su cintura y la acerqué para besarla otra vez y ella se prendió a mí como una bomba succionadora y me abrazó por el cuello con sus delgados y largos brazos y del peso de ambos nos dejamos caer sobre la cama, yo por abajo y ella sobre mi cuerpo. Mis manos automáticamente comenzaron a acariciar su espalda y costados, aprovechando esa posición trataba de acariciar sus pechos pero el contacto de ellos con el mío me lo impedía, decidiendo entonces continuar con su cuerpo hacia abajo y meter mis manos por sobre sus nalgas y bajo el calzón o bombacha. Me deleité acariciándola de esa forma por largos minutos mientras ambos disfrutábamos de ese beso interminable, mis manos aferraban sus nalgas, jugaba con ellas apretándolas, separándolas, acariciándolas en movimientos circulares o subiendo y bajando mis manos a voluntad y mientras hacía esto, ella fregaba su sexo sobre el mío aumentando nuestra excitación.

Al meter mis manos bajo esa prenda pude sentir de inmediato la humedad de su sexo que mojaba la ropa interior y ayudado por esa humedad mis dedos se fueron lubricando y los fui usando para esparcir por toda la zona entre la vagina y el ano todo su flujo y poder jugar dándole placer por todos lados. Las manos de Helen seguían abrazándome por el cuello y nuestras bocas devorándose con ansiedad y ella con movimientos intensos se frotaba sobre mi sexo hasta que la sentí venir en el primer orgasmo que ella anunció soltando mi boca para poder gemir a gusto mientras su cuerpo se convulsionaba, tensionaba y liberaba una gran cantidad de energía. En ese instante para ayudarla a disfrutar mis manos la aferraron con más fuerza, la pegué a mis caderas aumentando la presión de nuestros cuerpos y froté mi sexo con furia por toda la zona y ella solo permaneció quieta sintiendo como simulaba penetrarla en esa posición. Tardó un instante en recobrarse del orgasmo, se acomodó el cabello volvió a besarme solo con los labios y luego con dulzura me dijo:

- Uff, hacía mucho que no sentía así, tantos meses sin pareja casi me habían hecho olvidar lo que se siente y se siente rico, de maravillas y como lo extrañé. – Pues mejor que estamos de vuelta, dije yo. Y más que te ha tocado conmigo revivirlo con todo lo que he fantaseado desde la otra vereda contigo y todo esto, para mi es perfecto. Ella volvió a besarme y me dijo: -Déjame sacar la bombacha y seguimos, porque ni muerta te dejo ir ahora hasta que los dos estemos satisfechos.

Se puso de pie al final de la cama y comenzó a quitar sus calzones y yo aproveché para levantar mis caderas y piernas y hacer lo mismo con mis short de baño y quedarme en pelotas como ella, listo para lo que seguía. Caminó por el costado de la cama que daba hacia la pared opuesta a la ventana del balcón y se sentó junto a la mesa de noche, sacó de ella una pluma de ave, color entre salmón y rojo, se recostó y me invitó a su lado haciéndome recostar junto a su cuerpo. Helen se reclinó sobre mi con la pluma en la mano y me dijo:

- Yo disfruto mucho de las sensaciones, me gusta sentir todo en mi cuerpo, jugar con mi hombre y ahora te voy a mostrar a vos como es.

Dicho esto, comenzó a besarme suavemente en el rostro y con la pluma comenzó a jugar con la punta en mis propios pezones. Madre mía que sensación tan tremenda. Si como les cuento, al que no lo haya probado, se lo recomiendo. Primero sentí el tacto suave de la pluma de ave con mi piel y de inmediato, cuando inició el juego con mis pezones, me invadió una electricidad que aumentó mi excitación un ciento por ciento. Con todo eso hizo que se me erizara toda la piel, los pelos de la nuca y, porque no decirlo, los del culo también.

Pero no acabó con ello en tan solo eso, luego de estar un buen rato dándome esas caricias (casi cosquillas) sobre los pezones, bajó por mi vientre, pasó por el ombligo y siguió su curso para abajo. Ella al llegar a mi pelvis inició la caricia por el tronco de mi verga, por sobre el frente llegando a mis huevos, subiendo y bajando varias veces y después, ayudándose con los dedos, bajó mi prepucio y descubrió el glande, todo rojo y húmedo por mis líquidos pre-seminales y comenzó a pasar la pluma por toda la cabeza, jugando por la punta y el orificio y volviendo a la punta.

Si mis amigos, juro que eso hizo por un largo rato y de lo agradable que es ya me tenía listo para soltar toda mi descarga ahí mismo y aun no me había tocado como yo imaginaba que sería o como la costumbre en el sexo nos indica. Tan fascinante era ese momento, verla jugar así conmigo, como lo disfrutaba, que yo no cabía dentro de mi cuerpo y si lo están pensando, si se los recomiendo, vayan y compren o busquen una pluma y ténganla siempre a mano, verán que no se arrepienten jamás de usarla. Tuve que parar sus caricias de ese modo diciéndole que me haría soltar mi semen si continuaba y entonces ella se rió a carcajadas y dijo: Está bien, está bien, no quiero que la sueltes todavía. Soltó la pluma sobre el colchón de la cama y de inmediato tomo mi verga en sus manos, acercó su rostro un poco más y de una sola bocanada se la introdujo toda hasta la garganta mojándola con su saliva al irla sacando.

Cuando llegó a la cabeza, jugó con la boca abierta a darle lamidas con su lengua y otra vez volvió a comérsela íntegra para comenzar una paja con sus manos mientras su cabeza comenzó a subir y bajar al unísono acompañando ese movimiento. Las cosas no estaban para que se quedara haciendo eso, yo ya tenía un calentón como jamás me había tocado antes y no podía aguantarme tanto placer y le dije que quería acabar y de inmediato me soltó y dijo: No, aun no por favor me toca a mi sentirte. Me dio la pluma a mi y se recostó en la cama boca arriba, abrió sus piernas un poco y dijo, juega conmigo como yo con vos, eso me vuelve loca. Comencé por acariciarle su rostro, la nariz, orejas y bajando por el cuello me dirigí a sus pezones, primero uno y luego el otro. Utilizaba la pluma como su fuera un pluma estilográfica y le estuviera dibujando su cuerpo, dibuje el contorno de sus pechos, la aureola del pezón marcando el circulo que lo diferencia del resto del órgano y luego jugué con la punta de la pluma sobre la punta erecta del pezón y salté para hacerle lo mismo en el otro pecho.

Mientras tallaba la forma de sus pechos, las manos de Helen comenzaron a jugar con su concha, abrieron sus labios vaginales y los dedos recorrían toda la extensión del sexo intentando meterse o al subir frotarse con intensidad sobre el clítoris.

Yo seguí jugando en los pechos acompañando sus movimientos y luego también bajé hacia su gruta para hacerle lo mismo que me hizo a mí. Al ir descendiendo noté como tenía la piel como de gallina y se la acaricié con mi mano para ir directamente con la pluma a su sexo. Al estar allí primero lo pasé por los lados, allí donde el torso y las piernas forman la entrepierna de la mujer, donde se le forma esa hendidura plana que marca la articulación y bajé hasta donde se une ella con las nalgas. Luego salté directamente a jugar con la pluma sobre el clítoris. Helen tenía sus piernas completamente abiertas, yo arrodillado entre ellas, sus manos abrían la vagina para mí y con sólo la pluma me dispuse a jugar con ese botón de placer que aparecía completamente erecto y sobresalía del contorno un par de centímetros dejando ver en evidencia su excitación.

Al primer toque de la pluma su cuerpo se estremeció, jugué suave y lento como ella me mostró para hacerlo, y ella se fue relajando y entregando a la caricia para dejar que aumentara el placer que le estaba dando. Estuve acariciándola así por unos cinco minutos o más, solo dando círculos en la punta de su clítoris y ya sus caderas se movían con una cadencia similar a la que se hace cuando la estás penetrando. Ahí decidí innovar y a la par de la pluma fui acariciando la parte inferior con mi dedo índice que cada tanto lo introducida y sacaba lentamente del interior de su sexo. Ella soltó a gemir en voz alta, hablaba diciéndome como se sentía, como le gustaba ese juego y que yo había aprendido bien, que no dejara de usar la pluma y hasta me pidió que metiera dos dedos por su vagina cosa que hice sin más. Esta parte del juego había hecho o logrado que mi excitación no fuera tanta como la que sentía cuando ella jugó conmigo y eso me dejaba más tranquilo porque no quería terminar apenas la penetrara y entonces le dije:

- Helen, esto es genial, pero ahora te quiero mostrar cómo me gusta jugar a mí.

Solté de inmediato la pluma, me hice unos centímetros para atrás con mis piernas hasta quedar a la altura de sus pies y me recliné para darle una buena chupada a su sexo que para ese momento era un mar de jugos y excitación. Mis manos tomaron los labios exteriores de su vagina y los abrí lo más posible y comencé a darle lamidas con mi lengua. Las manos de Helen buscaron de inmediato sus pezones para retorcerlos, estirarlos y acariciarlos a gusto. Mi lengua recogió cada gota de flujo para bebérmelo y dejar su sexo seco por completo, busque su clítoris, lo coloque entre mis dientes incisivos y con la punta de la lengua le daba pequeños golpes a una alta velocidad haciendo que las cosquillas de la pluma se intensificaran más.

Mientras me comía su clítoris, metí mi dedo medio en su vagina, lo giré varias veces para que se humedezca y lo saque con fuerza y rozándolo desde la vagina lo dirigía su ano donde inicié una penetración suave pero sostenida y pude sentir como la zona se dilataba dejándome metérselo casi por completo. Una vez que estaba adentro inicié un movimiento de entra y sale, girando cada tanto el dedo para que entrara en otra posición, todo esto sin dejar de lamerle el clítoris y ella comenzó un movimiento de caderas que me facilitaba la penetración con el dedo. Instantes después Helen me estaba pidiendo que metiera otro dedo más y así lo hice y comencé a darle con los dedos como si la cogiera por el culo y con más fuerza cada vez que entraba. Fueron pocos movimientos que hice en esa situación cuando ella misma comenzó a gritar:

- Sí, dámelos así, con más fuerza. Dame fuerte Paco que me vengo. Dame mi amor que no resisto más. Ahhhhhhggggg y soltó un orgasmo fortísimo que llenó la habitación.

Ahí dejé de lamerle y lentamente saqué mis dedos de su culo para montarme sobre su cuerpo y besarla. Ella se abrazó a mí y todavía temblaba de forma incontrolable y rodeó mi cadera con ese par de piernas largas que tenía anudando sus talones en mi espalda y quedo completamente agarrada a mí.

Helen metió una mano por entre nuestros cuerpos, buscó mi verga que estaba completamente dura y la enfiló para su concha. Sólo fue necesario un movimiento de mis caderas para comenzar una penetración de un solo movimiento y hasta el fondo. Ella levantó un poco su cadera para permitirme entrar bien hondo y mi pene se deslizó a lo largo de su vagina como un cuchillo candente sobre la manteca. Cuando estuvo todo adentro, seguíamos besándonos y abrazados y sin mediar palabra iniciamos el movimiento de mete y saca, suave, lento, quedando un instante cuando llegaba a fondo y vuelta a empezar otra vez.

Con el correr del tiempo los movimientos se comenzaron a intensificar y las respiraciones a agitar, todo lo cual nos provocó que nos dejáramos de besar. Ella quedó con sus manos sobre mi cuello y yo me elevé por sobre su cuerpo apoyándome en las manos y brazos estirados y desde esa posición nuestros movimientos eran más libres. Solo sonaba en la habitación el sonido del elástico de la cama y el movimiento que le imprimían nuestros cuerpos al mueble. Entonces pasé mis manos por debajo de sus piernas para levantárselas más y ella me correspondió con un movimiento casi de atleta elevando su cadera un poco para que mi penetración fuera casi vertical, como cuando se perfora la tierra clavando una estaca. La intensidad de movimiento se hizo aun mayor y los gemidos de ambos hacían notar que se acercaba el momento del clímax, el orgasmo tan deseado y buscado.

Fue entonces cuando esta maravillosa mujer me sorprendió donde yo ya creía que nada más podría hacerse. Si ella hizo un simple movimiento que a mí me sorprendió pero que me excitó tanto que comencé a darle verga sin controlarme, quería partirla en dos partes, quería reventarle el sexo con mi verga y que así lo sintiera ella y ya se preguntaran que hizo, pues así fue que sucedió.

En la clásica posición del misionero, las piernas de ella enganchadas en mis antebrazos y flexionadas por la parte de sus rodillas y yo dándole verga con intensidad, ella estiró sus brazos, tomó sus dos tobillos con las manos desde la parte interior y con fuerza tiró a los lados de ambas piernas con sus brazos logrando que ella se abriera de piernas como una bailarina clásica hasta quedar en forma completamente paralela al colchón de la cama y todo el espacio de su sexo en contacto con mi verga completamente despejada lo que permitió que cada estocada llegara más hondo o más al fondo de su ser.

Sí, eso me puso como loco, ¡que mujer!, como le gustaba el sexo y cuanto sabia de cómo lograr su goce a plenitud y no pude más que entregarme a darle todo lo que tenía dentro de mí y comencé a darle con fuerza, como si fuera un taladro de un pozo petrolero, metiéndome en su caverna cada vez más y más, resonando el ruido de los golpes de las caderas, pelvis y sexos en toda la habitación con cada movimiento y los dos comenzamos a gemir y gozar de todo lo que estábamos haciendo.

No tardé ni dos minutos en irme y soltar toda mi leche en su interior y ella otro tanto, llegando los dos juntos al orgasmo bajo jadeos, gemidos y toda clase de frases calientes como. – Que buena puta sos o dámela toda, partime que no resisto más.

Cuando estalló el orgasmo en nuestros cuerpos mis manos se aflojaron y de inmediato caí sobre su cuerpo abrazándola por las caderas y agarrando su cola para dar las últimas estocadas con mi pene en su vagina y ella soltó sus piernas, las entrelazó a mi cuerpo y sus brazos me abrazaron por sobre los míos. Al terminar de disfrutar ese instante, sólo nos besamos con dulzura y pasión por largo rato. Luego ella se dirigió al baño y luego a la cocina y volvió con más vino mientras yo fumaba un cigarrillo e intentaba recobrar el ritmo normal de respiración.

Bebimos un poco más, hablamos de lo agradable que fue conocernos y lo bueno que estuvo hacernos el amor en ese momento y cuanto tiempo ambos lo habíamos deseado y fantaseado desde sus propias casas sin iniciar un contacto. Tras media hora nos asomamos por la ventana para ver mi departamento donde estaban Matías y Patricia y con placer notamos que las luces estaban encendidas y que ellos seguirían allí y nos volvimos a la cama. En la habitación ella me hizo sentar otra vez en el borde de la cama y comenzó a lamerme otra vez la verga hasta dejarla dura y lista para otra batalla, me dio un rato más de placer con eso y luego lo dejo y poniéndose de pie, me dijo:

- Y ahora, ¿que hacemos esta vez? Yo quiero más sexo y todavía es temprano para que te vayas mi amor. – Hacemos cualquier cosa que quieras, le dije. Lugo me rectifique ahí mismo y le respondí. Quiero darte por el culo si vos querés. – Claro que sí, me encanta eso Paco. Sin esperarse más, se subió a la cama, se recostó boca abajo y me dijo: -Comenzá.

Yo me recosté sobre su espalda, le besé el cuello y bajé por su columna dándole más besos y seguí bajando dando mordidas a sus nalgas mientras ella abría sus piernas. Pase mi lengua mojándola toda y seguí bajando buscando su culo con mi lengua hasta que encontré su ano. Ella me ayudaba abriendo sus nalgas con ambas manos y yo me dediqué a darle una lamida a su ano como nunca lo había hecho antes, estaba riquísimo, le latía mucho y cada vez que intentaba meterle mi lengua sentía como se abría y dilataba con facilidad y mientras tanto ella revoleaba su culo para sentirme por todos lados mientras sus manos le separaban las nalgas con fuerza.

Con mis manos jugaba en su sexo, acariciándole el clítoris y sus flujos comenzaron a salirse en cantidad y los aproveche otra vez como antes para humedecer mis dedos (tres de ellos) y dirigirlos a su ano para metérselos. Comencé con el dedo medio y este se fue para adentro sin problemas y al instante, entonces lo junte al índice y empecé el movimiento con los dos juntos. Ahí costo un poco más pero al poco rato de estar dándole con los dos dedos su ano se había dilatado perfectamente y ya no costaba el movimiento por lo que decidí sacarlos e intentar con los tres dedos, el índice, el medio y el anular.

Primero volví a mojarlos todos juntos en su vagina donde cupieron sin problema y el saqué chorreando sus propios flujos y los llevé a su ano que ya comenzaba a denotar la dilatación provocada, empujé con firmeza pero lento y fueron entrando y ella elevó más su culo para permitirme una entrada mejor y dijo:

- ¿Que me estás metiendo Paco?, eso está bárbaro.- Sólo tres dedos Helen pero ya te voy a dar mi verga.

Ella comenzó a gemir y moverse demostrando que disfrutaba de lo que le hacía y entonces decidí que era hora de darle verga nomas y saqué mi mano, la froté primero en su sexo para que se mojara un poco y la apoyé sobre su ano. Al sentir la cabeza en posición fue Helen la que inició un movimiento al empujar para atrás intentando introducírsela en su culo y yo solo la dejé hacer reclinando mis caderas para delante.

Arrodillado desde atrás de ella, la vi soltarse las nalgas, apoyarse en las palmas de la mano e iniciar un movimiento de levantarse empujando para atrás que permitió que la penetrara sin tener que moverme y dándole a ella la amplitud de movimientos necesarias para hacerlo que no tenía echada sobre el colchón de la cama.

Fue así que en esa posición ella comenzó a tallarme la verga con su culo haciendo que a cada embestida entrara más y mientras tanto resoplaba y decía, “-Tanto hace que no entra nada por ahí, vaya que cuesta empezar otra vez, y seguía sus movimientos de penetración. No tardó mucho en alcanzar la dilatación necesaria para que el dolor de la penetración diera lugar al placer de los dos y para entonces yo le estaba metiendo mis 17 centímetros por el culo sin ningún tipo de problemas y con muchísimo placer. Ella reclinó un poco su cara hasta tocar las sábanas y levantando el culo me tomó de la cadera y me dijo:

- Movete Paco, dame bien fuerte que es como me gusta. No tengas miedo, dámela con toda tu fuerza. – Siii le dije yo. Como me gusta coger con vos Helen. Tóma y sentí como te lleno el culo de mi leche.
.
Tras esto, solo comencé a moverme queriendo romperle el culo como instantes antes lo había sobre su sexo. La mano de Helen se apoyó en mi cadera y me comenzó a tirar dándome a entender cuál era la cadencia que quería y yo respondí al instante dándole bien fuerte y duro con mi verga en movimientos cortos como a cúpula de un animal y aumentando la intensidad a cada vaivén.

No crean que me tardé en llegar porque recién lo habíamos hecho, nada que ver, estaba tan o más caliente que la vez anterior, esta mujer no tenía reparos para el sexo, lo disfrutaba horrores y, por sobre todo, gemía, decía cosas calientes y pedía verga a los gritos y yo estaba extasiado de estar con alguien tan genial que no tardé más de cinco minutos en decirle que le tiraba mi leche en su culo.

Cuando le dije que soltaba mi leche, ella comenzó sola a tallarme y darse con fuerza contra mi pelvis haciendo sonar sus nalgas, comenzó ella a cogerme a mí y buscar su propio orgasmo que tampoco tardó en llegar entre sus gritos de placer que, les juro, se debieron sentir por todo el edificio. Ella y yo caímos derrumbados sobre la cama y permanecimos ahí recobrándonos y tomando aire hasta que sólo mi pene se salió de su ano al perder la rigidez de la erección y entonces ella se fue al baño, abrió la ducha y volvió por mí a la habitación para invitarme a ir con ella.

Nos metimos bajo el agua tibia y miré mi reloj, eran como las dos de la mañana por la madrugada y calcule que Matías y Patricia se habrían ido cerca de las 22.30 horas. Me sorprendí con alegría, eso quería decir que con un breve descanso habíamos estado casi tres horas y media de sexo intenso y placentero. Se lo dije y ella echó a reír. Nos enjabonamos mutuamente, jugamos en el agua, nos besamos un poco más, ella lavó su cabello para tenerlo limpio al día siguiente al ir al trabajo y yo me dediqué a seguir acariciando y besar sus pechos que me atraían tanto. Todo ese juego hizo que me comenzara a erectar otra vez y Helen lo nota y dijo:

- Vaya que tenemos otra vez por acá. Estas seguro que quieres más. – No lo sé, la verdad no sé si pueda otra vez. Ella reaccionó y dijo, -A ver déjame a mí, yo te diré.

Pues solo estiró la mano y comenzó a jugar con mi verga en su mano mientras me besaba, hablaba de lo lindo que fue hacernos el amor y todo eso hizo que mi pene creciera a su máxima expresión otra vez. Cuando ella notó todo duro de nuevo, solo se reclinó en la bañadera colocándose de rodillas, yo de espalda a la lluvia de agua y ella frente a mí y comenzó a darme una mamada otra vez y yo la dejé hacer porque eso me encanta. Ella se comía mi verga como si fuera un cono de crema helada, le pasaba su lengua todo a lo largo y recorriendo las venas y luego se lo metía todo en su boca hasta su garganta. Se ayudaba con ambas manos para masturbarme, con una jalaba arriba y abajo mi pene mientras con la otra jugaba con los huevos. En un momento bajó y se metió un huevo y luego los dos a su boca para después volver a mi verga nuevamente.

Ya para entonces yo estaba excitado y con deseos de cogérmela otra vez y comencé a mover mis caderas como penetrándola por la boca y ella, dándose cuenta de mi estado, dejó de lamerme por un instante y sonriendo con lujuria y picardía me dice: -Si querés más y se volvió a chuparme.

Ella volvió a hacer un movimiento de penetración con su boca largo y profundo hasta su garganta y con ambas manos me daba una paja para luego ir disminuyendo la intensidad de los movimientos de su boca hasta sacarla por completo la verga y pajeándome me mira a la cara y me dice:
-Dame ahora toda la leche la quiero acá mismo, dámela.

Ella siguió masturbándome, frotando mi verga por todo su rostro y los pechos y yo no me pude resistir más y le solté toda mi leche. Los movimientos de la paja hicieron que la leche saltara por todos lados. Yo me maravillé que todavía me quedara tanta cantidad en mis huevos después de dos cogidas como las pasadas en el rato previo a esa ducha y ella con la felicidad en el rostro dejó que la leche le cayera en su cara y pechos para luego meterse la verga en la boca y chuparla hasta dejarla completamente limpia. Ella se puso de pie, nos besamos y la ayudé a terminar de bañarse agradeciéndole el placer que me dio y ella me decía, cuanto le había gustado estar ahí conmigo y como lo disfrutó.

Salimos de la ducha, nos secamos en el baño y nos dirigimos a la habitación de Helen donde nos metimos a la cama, nos besamos un rato. Ambos estábamos exhaustos pero felices después de esa sesión de sexo y ya ninguno de los dos podía continuar pero nos resistíamos a irnos o a dormir. Fue entonces que Helen me dijo, déjame abrazarte y vamos a dormir que mañana es otro día, hay que trabajar y en la noche aun estaremos los dos acá para continuar y apagando la luz solo nos dormimos.

A la mañana siguiente ella me despertó en su cuarto con una taza de café y leche, tostadas y compartimos el desayuno, ella salió para su trabajo como a las 6.30 y yo para mi casa a cambiarme y también ir a trabajar. Al despedirnos esa mañana, ella me beó otra vez y me dijo, te espero a cenar en casa, a las 20.00 horas y trae la ropa para cambiarte y mañana ir a trabajar y solo la vi alejarse rumbo a su trabajo.

Ese fue el comienzo de una hermosa relación que duró poco más de un año en que vivimos los dos uno frente al otro y luego supe que ella se casó con uno de los jefes de la institución donde era secretaria y perdí todo contacto con ella, pero los momentos que viví a su lado y las cosas que ella me enseñó en el sexo nunca me las podré olvidar como tampoco a mi Helen, mi maestra privada.

Autor: Paco


Un relato erótico de Relatos - relatos@marqueze.net publicado el 28/10/2009, con 38.676 lecturas hasta la fecha

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