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Irene, una guapa profesora.

Otros de mis relatos antiguos, escrito hace más de tres años, pero siempre ha sido uno de los que mejor acogida ha tenido entre mis lectores.
Un relato erótico de GINECOLOGA publicado el 26/09/2011, con 39.326 lecturas hasta la fecha

Irene es una guapa profesora de educación infantil en un colegio concertado. Se trata de una mujer alta, delgada, con el pelo rubio que siempre lleva en media melena, unos ojos bonitos y llamativos y muy buen cuerpo. Se conserva estupendamente y a pesar de que ha tenido dos hijos y acaba de superar los cuarenta años, se mantiene muy joven y está completamente lisa.

A partir de los quince años se sintió muy predispuesta para la práctica sexual y en el instituto en el que cursó sus estudios contaba con dos buenas amigas, Alicia y Beatriz, que, al igual que ella, tenían muchas inquietudes sexuales por lo que Irene, además de masturbarse casi todas las noches cuándo se acostaba y ser una autentica especialista en provocarse la cagada introduciéndose dos dedos en el culo, comenzó a mantener con ellas una actividad sexual bastante frecuente y aunque lo más normal era que lo hicieran en una vivienda que los padres de Alicia tenían desocupada, cuándo el tiempo lo permitía las gustaba relacionarse al aire libre. Se tocaban, se masturbaban y se comían mutuamente el coño hasta que, tras alcanzar varios orgasmos, cada una de ellas deleitaba a las otras dos meándose de gusto, echando sus chorros de pis al más puro estilo fuente. Después de varios meses de actividad sexual, Irene comenzó a sentirse atraída por el culo de sus amigas y empezó a hurgarlas analmente con sus dedos haciendo que la mayoría de las veces no pudieran evitar liberar su esfínter y echaran unas copiosas cantidades de caca que, cuándo era sólida y en “chorizos”, Irene no dudaba en degustar diciéndolas que estaba muy buena mientras sus amigas, al verlo, sentían repugnancia y más de una arcada.

Durante su último curso en el instituto decidieron ampliar su actividad sexual al terreno hetero y aprovechándose de que Alicia era muy lanzada, la animaron a intentar ligar con los compañeros de estudios que las gustaban. Eran muy pocos los que declinaban la propuesta de salir con Alicia, una chica muy desarrollada, dotada de unas tetas grandes y prietas y un bonito culo. La cría, contando siempre con la colaboración de sus amigas, paseaba con el chico de turno por zonas poco frecuentadas para hacerle una buena paja en cuanto se presentaba la ocasión. No la importaba repetir con los más dotados permitiendo que, para se excitaran más mientras les movía el rabo, la tocaran las tetas, la masa glútea e incluso, la raja vaginal. La mayoría de ellos no tardaban en mostrarla su interés por penetrarla a lo que Alicia, mientras no estuviera con la regla, no solía poner pegas conociendo que Beatriz e Irene les seguían y que aparecerían en cuanto el chico la metiera el rabo sabiendo lo que cada una tenía que hacer. De esta manera y ante el asombro del chico, las dos chicas hacían acto de presencia para situarse junto a la pareja y mientras le animaban a seguir “cepillándose” a Alicia, Beatriz se ocupaba de apretarle y de golpearle los huevos con sus dedos para evitar corridas demasiado rápidas mientras que Irene le hurgaba con todas sus ganas en el culo. A pesar de su excitación era rara la ocasión que el chico conseguía correrse en el interior de la húmeda almeja de Alicia puesto que Beatriz estaba muy pendiente para obligarle a sacar el rabo del chocho de Alicia en cuanto esta alcanzaba un par de orgasmos para que el chico echara la leche a Alicia en las tetas ó en los pelos púbicos mientras ella le movía el “instrumento” con una de sus manos. Pero buena parte de ellos no llegaban a correrse ya que, al no estar acostumbrados a que les hurgaran en el culo, en vez de echar la leche se meaban dentro de la seta de Alicia y no podían evitar cagarse delante de las tres chicas que, sin dejar de reírse, lograban que terminaran avergonzados, con el rabo completamente “fofo” y sin ganas de sexo durante una buena temporada.

Pero al finalizar sus estudios en el instituto y comenzar los universitarios las tres amigas se tuvieron que separar puesto que cada una comenzó una carrera distinta y en un lugar diferente. A Irene, durante su etapa universitaria, la eligieron madrina de la promoción y aquello la facilitó el salir y relacionarse con un buen número de chicos. Su fama de “calienta rabos” la obligó a prodigarse haciéndoles pajas para aliviarles y a los chicos les encantaba que, aunque de proceder a moverles el rabo con su mano, se lo pusiera tieso tocándoles los huevos. Los domingos la gustaba ir al cine con alguno de ellos aunque, tras colocarse en un rincón de las últimas filas, no prestaban demasiada atención a la película puesto que Irene, en cuanto comenzaba la proyección, permitía que el chico la “metiera mano” para tocarla las tetas antes de que la sobara el coño a conciencia. Cuándo el hombre estaba completamente empalmado se ocupaba de hacerle una paja muy lenta sin dejar de pasar uno de sus dedos gordos por la abertura del rabo con lo que conseguía que, casi siempre, echaran unas cantidades impresionantes de leche. Cuándo se encontraba con algún chico especialmente vicioso, bien dotado y con una potencia sexual excepcional solían abandonar la sala tras hacerle la paja para dirigirse al water de mujeres del establecimiento donde Irene, en cuanto el chico se desnudaba y se sentaba en el inodoro, le chupaba el rabo y le cabalgaba todo lo que fuera preciso para que quedara satisfecho aunque estaba muy atenta a incorporarse, extrayendo el “instrumento” del interior de su almeja, cada vez que notaba que el chico empezaba a sentir el gusto previo a la corrida para evitar que la echara la leche dentro del chocho.

Durante su etapa universitaria tampoco la faltó sexo lesbico ya que se alojó en una residencia femenina. Su compañera de habitación, Victoria, era una chica muy estreñida y cuándo llevaba tres ó cuatro días sin defecar empezaba a pasarlo realmente mal e ingería masivamente todo tipo de laxantes. Irene se ofreció a aliviarla y en cuanto se levantaban por la mañana, Victoria se sentaba en el water dejando que su compañera metiera una de sus manos entre sus abiertas piernas y la introdujera dos dedos muy profundos en el culo con los que la hurgaba sin descanso al mismo tiempo que la obligaba a apretar sus paredes réctales y la pasaba dos dedos por la raja vaginal. Victoria se meaba enseguida y aunque lo más normal era que no tardara en expulsar su caca, algunos días Irene tuvo que meterla lápices y otros objetos largos para que, al entrar en su intestino, la ayudaran a echar la mierda. Poco a poco, las caricias vaginales que Irene prodigaba a Victoria mientras esta última conseguía defecar se convirtieron en una masturbación en toda regla que culminaba en el momento en que Victoria volvía a mearse abundantemente. Aquella actividad hizo que Victoria no tardara en olvidarse de su estreñimiento y se convirtiera en una chica muy regular en sus defecaciones vaciando su intestino por la mañana en cuanto se levantaba. Su nueva fama de “saca mierda” se extendió con rapidez por la residencia y aparte de encontrarse con un nutrido grupo de compañeras con estreñimiento crónico deseosas de que actuara con ellas de la misma forma que con Victoria, hizo que, cuándo lo deseaba, la resultara fácil dar con alguna dispuesta a pasar la noche con ella aunque la más asidua fue su propia compañera de habitación que siempre estaba muy caliente. A Irene la gustaba echarse sobre Victoria y restregar su seta contra el de su compañera mientras se hurgaban mutuamente en el culo hasta que, después de correrse unas cuantas veces, se meaban echando su pis encima de la otra. Con las demás su actividad sexual, al igual que con Alicia y Beatriz, se limitaba a tocarse, masturbarse y comerse el coño pero todas las féminas se mostraban muy entusiasmadas de que Irene las forzara hasta que, después de alcanzar el orgasmo en varias ocasiones e inmersas en un intensísimo gusto, se meaban a chorros con lo que la presencia del pis se convirtió en habitual en casi todos sus contactos.

Durante sus periodos vacacionales echaba en falta la frecuente actividad sexual y de manera especial la lesbica, que llevaba a cabo durante las épocas lectivas por lo que, en cuanto se enteró a través de una conocida, se puso en contacto con una mujer separada próxima a los cincuenta años a la que la gustaban las chicas jóvenes, cerdas y multiorgasmicas que se corrieran con facilidad y rapidez. Después de hablar con ella y acordar hacerlo dos veces a la semana, la mujer, tras atarla las tetas con cuerdas para que se la pusieran aún más gordas y prietas, la masturbaba con sus dedos unos diez minutos durante los cuales Irene se corría de cinco a seis veces. Cuándo el tiempo se agotaba, aprovechaba el momento en que Irene estaba en pleno orgasmo para presionarla con fuerza la almeja haciendo que, sintiendo un intenso gusto, la chica vaciara por completo su vejiga urinaria echando a chorros unas abundantísimas cantidades de pis que la fémina, tras beberse un buen trago según salía del chocho, recogía en un gran frasco de cristal. Después la hacia ponerse a cuatro patas y mientras la mantenía bien abiertos los labios vaginales y la acariciaba la raja vaginal, la penetraba por el culo usando un consolador ó una braga-pene. A Irene, que durante el proceso se volvía a correr lo que incitaba a la fémina a forzarla con más energía, la gustaba. Cuándo la mujer notaba que Irene estaba a punto de cagarse, la sacaba el “juguete” y la hurgaba con sus dedos hasta que la chica se los impregnaba de caca. Aunque la decía que retuviera su mierda lo más posible, en cuanto la sacaba los dedos, echaba unas impresionantes cantidades de caca que la mujer, después de comerse un buen trozo, recogía en bolsas de plástico. La fémina quería mierda sólida en gordos y largos “chorizos” y se enfadaba mucho cuándo salía líquida. Lo que no faltaba nunca era el volver a hurgarla con sus dedos buscando que echara más caca mientras, sin dejar de llamarla golfa y guarra, la golpeaba con fuerza en la masa glútea hasta que se la ponía como un tomate. Después de limpiarla el ano con su lengua, la mujer la volvía a “poner” de lo más salida a base de darla unos golpecitos suaves en la seta para, en cuanto estaba húmeda, obligarla a “hacerse unos dedos” mientras veía como la fémina, siguiendo una especie de ritual, metía la ropa interior que había llevado puesta en sus excrementos empapándola primero en su pis; después y con sumo detenimiento la impregnaba en la mierda y finalmente, la volvía a sumergir en la meada de Irene. Como obtenía buenos beneficios vendiendo la ropa interior de Irene bien mojada en su pis e impregnada en su caca, a cambio de quedarse con sus prendas íntimas la daba dinero y unos conjuntos, bonitos y caros, de ropa interior. Mientras Irene se vestía y casi siempre con prisa puesto que la siguiente llevaba un buen rato esperando su turno, quedaban en volver a hacerlo dos ó tres días más tarde sin que la mujer la dejara de recordar que debía de llegar con el intestino y la vejiga urinaria lo más llenos posible.

Sin abandonar esta actividad sexual, que durante los periodos lectivos universitarios la obligó a pasar los fines de semana en el domicilio de sus padres, comenzó a relacionarse sexualmente con uno de los chicos que más se había prodigado en acompañarla en sus visitas dominicales al cine. El hombre, a pesar de que no disponía de un rabo excepcional y se limitaba a correrse una sola vez, se lo hacía de maravilla provocándola unos orgasmos descomunales y como siempre tenía la precaución de sacársela en cuanto notaba el gusto previo a la corrida la permitía disfrutar viéndole echar unas cantidades de leche impresionantes. Al ver que Emilio, su amigo, no perdía fácilmente la erección le hizo volver a introducirla el rabo tras haberse corrido y aunque el chico no parecía poner demasiado interés, en cuanto Irene empezó a hurgarle en el culo con sus dedos y le obligó a que, echado sobre ella, se la follaba con movimientos rápidos pudieron sacar todo el provecho de la potencia sexual de Emilio descubriendo que, si descansaba unos minutos cada vez que echaba la leche y aunque tardara en eyacular, era capaz de correrse en cuatro ocasiones y que, al llegar a su límite sexual, se meaba cosa que a Irene la encantaba que hiciera con el rabo bien introducido en su coño.

En cuanto acabó sus estudios universitarios y consiguió su primer trabajo, aunque este fuera provisional, decidió romper su relación con la mujer que la masturbaba puesto que cada día que acudía a su domicilio tenía que esperar más tiempo a que la llegara el turno que lo que, luego, empleaba en hacérselo. A la fémina no la importó mucho ya que, aunque Irene se había convertido en una de las asiduas más cerdas, no la faltaba clientela y se acababan de incorporar dos chicas jóvenes que, además de ser muy meonas, liberaban con facilidad su esfínter.

La intensa relación sexual que Irene mantenía con Emilio hizo que naciera entre ellos algo más que el propio deseo de satisfacerse y que, dejando un poco más de lado el tema sexual, decidieran hacerse novios. Pocos meses después decidieron casarse y mientras se iban instalando en el piso que habían comprado para vivir tras su matrimonio volvieron a mantener relaciones sexuales muy frecuentes hasta llegar a hacerlo prácticamente todos los días y los fines de semana en más de una ocasión. Emilio empezó a echarla en el interior de la almeja dos ó tres buenas raciones de leche en cada sesión y como a Irene la excitaba que la “mojara”, cada día que pasaba se sentía mucho más entregada y relajada durante su actividad sexual. Pocos días antes de su boda y tras obligarla su médico de cabecera a hacerse la prueba del embarazo, supo que el importante retraso que acumulaba con su regla era a cuenta de que estaba preñada. A Emilio no le dijo nada hasta diez días después de contraer matrimonio y el hombre se mostró muy complacido y contento al conocer la grata noticia. En menos de tres años la pareja tuvo a sus dos hijos: Gonzalo y una niña muy guapa llamada Perla. Irene, que ya tuvo algunos problemas durante su primer embarazo, sufrió un aborto natural seis meses después de dar a luz a su hijo y se encontró con complicaciones de todo tipo durante el segundo hasta el extremo de que, en el momento del parto, fue necesario hacerla la cesárea. Como no deseaba volver a pasar por el calvario en que se había convertido su segundo embarazo y tras probar con el DIU, al que no se adaptó, comenzó a tomar anticonceptivos orales.

Aparte de que la producían ligeras pérdidas de orina y una salida bastante continuada y masiva de flujo vaginal que la hacía sentirse mojada durante todo el día, como no se fiaba demasiado de ellos decidió con su marido cambiar su habitual posición durante la penetración, con Emilio echado encima de ella, para hacerlo con Irene colocada a cuatro patas; acostada sobre Emilio con las piernas cerradas, que para buena parte de las féminas es la posición más idónea para correrse con facilidad, intensidad y rapidez y sobre todo, prodigarse en cabalgar vaginalmente con movimientos rápidos a su marido al que le gustaba que, cuándo le faltaba poco para correrse, se moviera muy despacio al mismo tiempo que le apretaba los huevos. Durante los ciclos menstruales de la chica, Emilio empezó a darla por el culo y a hacer que le cabalgara analmente. Aunque, al principio y como a la mayor parte de las mujeres, la experiencia la resultaba sumamente dolorosa no tuvo muchos problemas para hacerse a esta práctica sexual. Poco a poco, fue superando las adversidades que la penetración anal la ocasionaba como el escozor y la irritación anal; las molestias al sentarse ó las frecuentes e intensas diarreas líquidas que sufría después de que Emilio la enculara, por lo que comenzó a agradarla y a disfrutar del sexo anal hasta el punto de que se convirtió en habitual que se corriera y se meara de gusto. Durante varios meses sus relaciones se centraron en el sexo anal a pesar de que tenían el inconveniente de que Irene, sobre todo cuándo le cabalgaba analmente, liberaba su esfínter en cuanto el rabo de Emilio se introducía por completo en el interior de su culo y la atravesaba el recto mientras que cuándo la daba por el culo colocada a cuatro patas solía aguantar perfectamente hasta el momento en que, tras echarla la leche, su marido se la sacaba para permitir que, con muchas prisas, se dirigiera al water para vaciar su intestino. Cuándo ya estaba habituada a la penetración anal hubo dos ó tres ocasiones en que alcanzó el clímax con mucha intensidad y rapidez y tras mearse, no pudo evitar que se la saliera la mierda antes de tiempo poniendo toda la cama perdida. Emilio decidió que para evitarlo, cada vez que la fuera a dar por el culo, lo harían en la cocina ó en el water. Aquella decisión ocasionó que, tras haber sacado muy buen provecho de su culo, su marido terminara por cansarse y optara por volver a penetrarla vaginalmente en la cama dejando el sexo anal para los periodos en que Irene estaba con la regla.

A medida que sus hijos se fueron haciendo mayores tanto Emilio como Irene perdieron buena parte de su deseo sexual y sus relaciones se redujeron considerablemente hasta el punto de hacerlo únicamente los sábados por la noche y no todas las semanas. Irene sabía que Emilio había dejado de ser un hombre muy vicioso y se encontraba bastante tranquila ya que, al disponer de un rabo bastante normal, no le iba a ser fácil encontrar a otra mujer interesada en acostarse con él. Pero para evitar que Emilio se llegara a plantear esta última posibilidad, Irene decidió satisfacerle llevando a cabo otro tipo de actividades sexuales y después de probar varias, la que más les agradó fue el masturbarse mutuamente. De esta forma, Emilio, colocándose a cuatro patas encima de la cama, permitía que Irene se pondría de rodillas detrás de él para que le lamiera el ano mientras le acariciaba los huevos hasta que el rabo se ponía tieso momento en el que le introducía dos dedos en el culo, lo más profundos que podía y le hurgaba con ellos al mismo tiempo que le movía lentamente el “instrumento” manteniéndole bajada toda la piel. Emilio no tardaba en correrse y sintiendo un intensísimo gusto, echaba una buena ración de leche que, en espesos y largos chorros, caía en la sábana mientras Irene le forzaba analmente con todas sus ganas para, unos segundos más tarde, sacarle los dedos de golpe y dejar que fuera al water donde, sintiendo un gran placer mientras salía su caca, vaciaba su intestino. Después la tocaba el turno a Irene que, asimismo, se colocaba a cuatro patas y con el culo en pompa para que Emilio la lamiera el ano durante varios minutos al mismo tiempo que la masturbaba introduciéndola dos ó tres dedos en el chocho que movía con energía para que alcanzara con rapidez su primer orgasmo y tuviera tiempo de repetir antes de que, sacándola los dedos de la seta, se apresurara a metérselos, empapados en flujo, en el ano. A Irene aquello la “ponía” a mil. No tardaba en mearse y alcanzaba varias veces el clímax sin que su marido tuviera que hacer otra cosa que no fuera acariciarla el coño con su mano extendida, pasarla sus dedos por la raja ó mantenerla bien abiertos los labios vaginales. Enseguida impregnaba los dedos de Emilio en su caca y lo malo era que a su marido le encantaba forzarla analmente y muchas veces, por apurar un poco más en su cometido, al sacarla los dedos Irene no podía evitar cagarse en la cama ó perder su mierda antes de llegar al water.

Con la masturbación mutua y el provocarse uno a otro la cagada parecía que habían encontrado una actividad sexual a su gusto pero, tras practicarlo durante meses y como ocurre con todo, se cansaron y aunque a Emilio le excitaba que Irene se “hiciera unos dedos” delante de él y se meara en su rabo antes de que procediera a penetrarla, sus contactos sexuales volvieron a reducirse hasta llegar a ser mínimos en los últimos dos años puesto que tanto Emilio como Irene pensaban que no podían obtener más placer de sus cuerpos.

Pero, al reducir su actividad sexual, Irene comenzó a sentirse insatisfecha y Emilio no parecía demasiado dispuesto a “cepillársela” en más de dos ó tres ocasiones al mes. Cada vez necesitaba masturbarse con más frecuencia y muchas noches tenía que “hacerse unos dedos” mientras su marido, dándose perfecta cuenta de ello, permanecía acostado de espaldas a ella. Una de las veces Irene no pudo evitar que, al alcanzar el orgasmo, se la saliera un chorro de pis que cayó en la sábana y en el pantalón del pijama de Emilio que, muy indignado, se volvió y la pidió que dejara de ser tan cerda. La chica, aunque no quería “ponerle los cuernos” a su marido, empezó a pensar en relacionarse con otro hombre pero, de repente, recordó lo mucho que la satisfacía la practica sexual lesbica que mantuvo con la mujer separada que, al acabar cada una de sus sesiones sexuales, tenía tanto interés en impregnar la ropa interior que había llevado puesta en su pis y en su mierda para venderla. Habían pasado muchos años e Irene no tardó en descubrir que la mujer ya no vivía en el piso donde se lo había hecho en muchas ocasiones. Ninguno de los vecinos sabía nada sobre su paradero actual y sólo una fémina, que vivía en el edificio de enfrente y reconoció haber mantenido algunos contactos sexuales con ella, la dijo que, aprovechándose de la actividad que realizaba su madre, el hijo comercializaba con las prendas íntimas de la clientela de su progenitora y que como era un negocio en alza, habían decidido irse a vivir a una ciudad más grande donde la distribución de la ropa interior fuera mucho más fácil. La dijo, asimismo, que no era la única que estaba buscando a aquella mujer ya que, pocas semanas antes, una chica ciega llamada Margarita (Marga), que trabaja en las oficinas dela ONCE, también se había interesado por ella.

Con aquellos datos no la resultó difícil localizar a Marga, que tiene veintinueve años, es una chica muy menuda, bajita de estatura y sumamente delgada, pelo moreno corto y a la que, a pesar de su ceguera, la gusta vestir de una manera muy elegante. Después de contactar con ella, quedaron en una cafetería con intención de hablar mientras tomaban un café con leche y tras un buen rato de charla, Marga invitó a Irene a acompañarla a su casa que, aunque es pequeña, está amueblada con todo gusto. Marga la explicó que de la decoración de la vivienda se había ocupado la sobrina de Laura, una amiga y compañera de trabajo. Marga preparó un nuevo café con leche, al que ambas son bastante asiduas y mientras se lo tomaban la comentó a Irene que llevaba muchos años sintiéndose atraída por el sexo y con unas ganas enormes de disfrutar de su cuerpo pero que, al haber nacido ciega, nadie había demostrado el menor interés por ella excepto para, aprovechándose de su deficiencia visual, violarla dos veces la primera por la noche y en plena calle sin que nadie acudiera a auxiliarla a pesar de que no dejó de gritar y de pedir auxilio hasta que su agresor la amordazó con un pañuelo mientras que la segunda vez un nutrido grupo de gamberros la retuvo durante varias horas en un local para abusar de ella todo lo que quisieron. Aquella experiencia la resultó tan sumamente desagradable que para no verse ultrajada más veces decidió comprarse un perro-guía que la supuso un importante desembolso económico. Pero mientras terminaban de adiestrar convenientemente al animal para su cometido se hizo con los servicios de un hombre que estaba desocupado para que la acompañara a todos los sitios. El hombre la dijo que tenía sus propias fuentes de ingresos pero, a cambio, quería poder “cepillársela” libremente y a su conveniencia. Marga aceptó pensando que, de esta forma, “mataba dos pájaros de un tiro”. El hombre, además, estaba muy bien dotado y se la follaba a conciencia casi todos los días. Como pasaba más tiempo en casa de la chica que en la suya y hasta comía y cenaba con ella, se ofreció a ocuparse de algunas labores domesticas, como hacerla la cama y las compras; lavar y tender la ropa ó preparar la comida y la cena, durante los periodos de tiempo en que ella trabajaba. Pensando que aquellos cometidos excedían de lo que habían pactado en su día, la chica cometió el gran error de darle dinero que el hombre se apresuraba a gastar en vino. Aunque cumplía perfectamente con sus cometidos de acompañarla a todos los sitios y ocuparse de determinadas labores domesticas, como disponía de llave para entrar y salir a su antojo del piso empezó a aparecer por la vivienda a altas horas de la madrugada para, totalmente borracho, follarse a Marga. Aunque ardía en deseos de correrse, el alcohol hacía que la inmensa mayoría de las ocasiones y a pesar de que se la “cepillaba” durante mucho tiempo, no llegara a echarla la leche aunque sí que era habitual que se meara tanto encima de ella como con su rabo introducido en la almeja de la chica. Una noche tuvo un percance cuándo, al salir de casa de otra mujer a la que también la gustaba el “morapio”, se cayó y se dio un buen golpe en la cabeza contra el bordillo de la acera. Durante varios meses siguió un tratamiento y permaneció sin beber. Su relación con Marga, que en vez de darle el dinero le compraba ropa y calzado, volvió a ser más normal aunque, durante este periodo y a pesar de la oposición de la chica, se pródigo en darla por el culo excitándole que liberaba con suma facilidad su esfínter y se cagara varias veces antes de que él la echara la leche. Pero una mala compañía le hizo volver a beber tras casi seis meses sin hacerlo y su carácter no tardó en hacerse muy violento y a pesar de que la penetraba con frecuencia tanto vaginal como analmente, cada día le costaba más echarla la leche. Un día Marga se opuso a que la metiera el rabo vaginalmente mientras estuviera con la regla. El hombre se puso furioso y tras hacer intención de pegarla, optó por insultarla y empujarla hasta que logró que cayera boca arriba en la cama. Sentándose encima de ella la desnudó, rompiéndola toda la ropa, la ató con las piernas muy abiertas y la dijo que se iba a pasar toda la noche metiéndola el rabo en el chocho y el culo. Cuándo amaneció, la había echado tres veces la leche dentro del culo y una en el interior de la seta justo en el momento en que Marga, al no poder retener más su pis, se meaba. Después de aquello, la chica optó por cambiar las cerraduras de la puerta. Durante más de una semana el hombre no apareció por la vivienda hasta que la noche de un sábado, cuándo Marga ya casi ni se acordaba de él, llegó a altas horas de la madrugada y al ver que no podía abrir la puerta armó un escándalo de impresión dando patadas a todo lo que encontraba mientras la llamaba cagona, golfa, puta y zorra. Marga estaba aterrorizada pensando que si entraba en la vivienda la iba a matar y más cuándo el hombre comenzó a gritar que iba a tirar la puerta y que la iba a desgraciar para el resto de su vida desgarrándola primero el coño y después el ano. Los vecinos llamaron a la policía que, aunque tardaron en llegar, se lo llevaron pero Marga no quiso complicarse más la existencia y como no presentó ninguna denuncia, lo tuvieron que soltar tras retenerlo unas horas enla Comisaría. Desdeentonces no supo más de él hasta que su amiga Laura la informó de que se había ido a vivir a un pueblo de la provincia donde, tras haberse relacionado sexualmente con algunas mujeres a las que como a Marga sacó todo el dinero que pudo, una noche que estaba borracho violó a dos jóvenes veraneantes en el portal de su casa y horas más tarde, se tiró al tren muriendo en el acto.

Marga, tras sus malas experiencias en el sexo hetero, quería probar en el lesbico y notar lo que se sentía al hacerlo con otra mujer. Por ello, al enterarse aunque fuera de tiempo, de la existencia de la fémina con la que Irene se había relacionado en su día decidió hablar con ella con el propósito de que la hiciera disfrutar de su cuerpo. Pero, al no localizarla, sintió que todo se la ponía en contra hasta que apareció Irene que, según la comentó, era una mujer educada, elegante y simpática y la más apropiada para que hiciera con ella todo lo que quisiera. Pocos minutos más tarde, Marga estaba sentada encima de las piernas de Irene permitiendo que su nueva amiga la tocara las tetas mientras se besaban llenas de pasión. No tardaron en desnudarse y “retozar” en la amplia cama que Marga tenía en su habitación. Irene descubrió rápidamente que a Marga, como a ella, la gustaba que permaneciera echada encima de ella, restregándose con sus tetas y sus almejas en contacto mientras se hurgaban en el culo hasta que, tras alcanzar varios orgasmos, se meaban echando su pis en el chocho de la otra. Marga, al acabar, la comentó que se encontraba dispuesta a todo, incluido el beberse el pis y comerse la caca de Irene, con tal de disfrutar de sus contactos sexuales. Más de un día se cagaron en la cama sin moverse de su posición cosa que a Marga no la importó ya que, según dijo, “aquello se solucionaba comprando unas sábanas nuevas”.

Su relación se fue haciendo cada día más intensa e Irene empezó a buscar disculpas de todo tipo para pasar más tiempo con Marga. Emilio comenzó a sospechar y un día la siguió viéndolas entrar juntas en el portal de la casa de Marga donde Irene se apresuró a besarla y a tocarla por encima de la ropa. Muy sorprendido al comprobar que su mujer estaba manteniendo relaciones sexuales lesbicas y con una fémina ciega, decidió hablar con ella. Irene le comentó que Marga, a pesar de su ceguera, era una chica muy legal que sabía complacerla por lo que estaba muy orgullosa de ella y de la práctica sexual lesbica. Emilio la respondió que pensaba ponerla ninguna pega a que se acostara con otras mujeres si ese era su deseo siempre que, por el bien de sus hijos, se mantuviera su convivencia y las apariencias ante los demás a lo que Irene le contestó que, a pesar de haberse convertido en “bollera”, le quería y nunca había pensado en separarse. Acto seguido, le dijo a Emilio que confiaba plenamente en él y que le ofrecía la posibilidad de hacerlo con otras mujeres puesto que comprendía que, con el paso de los años, la actividad sexual que había llevado a cabo con ella se había vuelto monótona y rutinaria y que le vendría bien cambiar de “jaca”. Pero, a pesar de los buenos propósitos de Irene, le costó encontrar con quien relacionarse sexualmente puesto que ninguno de sus contactos se consolidaba ya que las mujeres con las que lo llevaba a cabo, casadas e insatisfechas, le decían que para tener dentro de ellas un rabo más ó menos normal ya tenían a sus maridos y que lo que querían era disfrutar de un “instrumento” gordo y largo, con unas dimensiones que se salieran de lo común, cosa que, a pesar de que muchos hombres se vanagloriaban de ello, no era nada fácil de conseguir. Alguna le comentó que prefería a un hombre que sólo se corriera una vez pero que tuviera unos atributos excepcionales a uno que, como él, echara la leche tres ó cuatro veces provisto de un rabo de lo más “normalito”. Como el tamaño y las dimensiones de su “instrumento” tampoco eran los más aconsejables como para intentar relacionarse con una chica joven, estuvo durante varias semanas sin mantener ningún contacto sexual hasta que conoció a una mujer rubia llamada Judith, que acababa de superar la barrera de los cincuenta años, vivía cerca de él, llevaba varios años separada y disponía de unas tetas grandísimas, una gran raja vaginal y un buen culo. Judith era una mujer muy viciosa y aunque supo satisfacerle desde el primer momento, estaba desentrenada y como acababa de superar la menopausia, su aguante sexual se había reducido de manera considerable y la costaba recuperarse por lo que decidió incluir entre las obligaciones de la chica, originaría de un país del este aunque se defendía hablando en español, que atendía la casa y la cuidaba el acostarse con Emilio para que este la penetrara y se la follara delante de ella con la condición de que, en cuanto estuviera a punto de correrse, se la sacara para que su leche terminara siempre en el interior de la seta de Judith. Pero la chica no tardó en enfrentarse a Judith al impedir que Emilio se la extrajera y obligándole a que se corriera dentro de su coño. Judith, al ver que la chica persistía en su actitud, la despidió pero ello no impidió que continuara relacionándose con Emilio puesto que no contaba con amistades y sus encuentros, de momento, la habían aliviado las imperiosas necesidades sexuales que sentía y disponía de un hombre que se la follaba regularmente y además a su gusto puesto que la encantaba como se lo hacía y que en cada sesión la echara en dos ó tres ocasiones una buena cantidad de leche, sin que la importara hacerlo en un ascensor, en el water de un bar, a orillas del río ó en la habitación que tenía alquilada en el piso que compartía con otros inmigrantes. Pero su relación no duró mucho ya que la chica le comentó que, a pesar de ser aún muy joven, en su país era una especie de puta que, además, había estado viviendo con un hombre con el que había tenido dos hijos a los que echaba mucho de menos y quería traer cuánto antes a su lado. En cuanto la chica le pidió que, además de ayudarla a encontrar un buen trabajo, la diera dinero, según sus posibilidades, para poder tener en un corto plazo de tiempo a sus hijos junto a ella, Emilio decidió romper con ella.

Judith, sabiendo que Emilio no iba a tardar en volver a su lado, decidió incluir en sus relaciones a una amiga suya, llamada Rosa, algo más joven que Judith, que llevaba dos años y medio viuda y que, después de haber tenido cinco hijos, tenía un miedo atroz a que Emilio, al que nunca le había gustado utilizar condón, la dejara preñada por lo que condicionó su participación a la promesa formal del hombre de que, hasta que tuviera la certeza de que no podía dejarla en estado, no la echaría la leche dentro de la almeja. La relación se mantiene aún y a las dos mujeres, aprovechándose de la potencia sexual de Emilio, las encanta prodigarse realizándole unas excepcionales mamadas hasta que las echa la leche en la boca y en la cara ó haciendo que Emilio se ponga a cuatro patas para que una de ellas le realice una paja muy lenta mientras la otra le acaricia los huevos y le hurga con todas sus ganas en el culo intentando que, además de “ordeñarle”, acabe por mearse y cagarse delante de ellas. Después de permitir que se recupere dejan que se las “cepille”. Rosa, que ya no le pone la menor pega de cara a que la penetre vaginalmente, siempre está bien dispuesta a que la de por el culo mientras que a Judith la que más la gusta es cabalgarle ó que se la folle colocada a cuatro patas.

Durante casi un año Irene y Marga mantuvieron contactos sexuales de tres a cuatro veces a la semana hasta que, cuándo más integradas y a gusto estaban de su relación, Marga tuvo un accidente. Se encontraba esperando delante de un paso de cebra a que el semáforo se pusiera en verde cuándo las personas que estaban a su lado se dieron cuenta de que un coche, a cuyo volante iba una joven tan “experta” que confundió el freno con el acelerador, se acababa de saltar el semáforo previo cogiendo una curva a demasiada velocidad y que, tras subirse a la acera, se abalanzaba sobre ellos. El perro-guía de Marga empezó a tirar desesperadamente de su dueña y ella, al no verlo, pensó que quería que cruzase la calle y sabía que no debía hacerlo puesto que oía pasar los coches y no escuchaba la señal acústica del semáforo indicando que estaba en verde. No tuvo más opción ya que, tras obligarla el perro a que diera unos pasos hacía atrás, el vehículo se la llevó por delante, junto a otras cuatro personas y al semáforo, hasta que quedó empotrado en una pared. A Marga, entre otras cosas, la rompió varias costillas, la pelvis y las piernas. Mientras la atendían y a pesar de los intensos dolores que sentía, dio gracias a Dios por seguir viva y se mostró muy inquieta por conocer donde estaba su perro-guía al que la “sagaz” conductora había matado. Cuándo la dijeron que yacía en medio de un gran charco de sangre a pocos metros de ella, Marga se derrumbó dándose perfecta cuenta de que el animal, demostrando que le habían adiestrado para convertirse en los ojos de su dueña, la había salvado la vida a costa de la suya. Aparte de que fue preciso operarla en cuatro ocasiones, desde el primer momento la indicaron que su recuperación iba a ser larga y penosa y en concreto, la rotura pélvica la obligó a que, durante varios meses, tuviera que hacer todas sus necesidades por el culo además de afectar a su capacidad sexual que, como pensaban, no fue ni parecida a la que había tenido hasta entonces.

Irene se volcó con ella durante los casi dos meses que estuvo hospitalizada. Marga no tenía más familia que un tío, hermano de su madre, que se había casado dos veces y en ambas ocasiones había enviudado y los hijos de este, primos suyos, pero todos ellos viven en Méjico. Irene consiguió ponerse en contacto con uno de los primos y al día siguiente, su tío telefoneó a Marga para interesarse por su evolución y pedirla que, puesto que él no podía abandonar sus negocios, se fuera a vivir a su rancho donde la aseguró que no la iba a faltar de nada. Marga le contestó que tenía que pensárselo pero, aparte de que no estaba animada, no tardó en rehusar al desaconsejarla los médicos realizar un viaje así sobre todo pensando en las secuelas que la iba a dejar el accidente y en lo que difícil que resultaría que, en su estado, se aclimatara a las temperaturas y a la humedad que suponía el vivir al nivel del mar.

Cuándo a Marga la dieron de alta en el hospital para continuar con su periodo de recuperación en su domicilio, necesitaba ayuda para la mayoría de las cosas y no podía permanecer mucho tiempo levantada. Como Irene, que tenía que atender su actividad laboral, su familia y su casa, no podía dedicarla todo el tiempo que, en su situación, precisaba habló con Marga para que aceptara el ofrecimiento que la había hecho su amiga y compañera Laura con intención de que, hasta que pudiera valerse por si sola, residiera en la vivienda de esta última junto a su hermano, que se había quedado viudo unos meses antes y se acababa de jubilar y su sobrina. Marga, aunque hubiera preferido residir en su casa y contratar a una mujer para que la atendiera, no tuvo más remedio que aceptar. Al salir del hospital la llevaron a la vivienda de Laura y a los pocos días la comentaba a Irene que estaba encantada ya que todos estaban muy pendientes de ella y la trataban de maravilla pero, especialmente, Agustín, el hermano de Laura, que, como si se tratara de su propia hija, se ocupaba de bañarla y de vestirla todas las mañanas y era el que, generalmente, la ayudaba a llegar hasta al water donde la bajaba la braga, la acomodaba en el inodoro, la limpiaba en cuanto acababa de hacer sus necesidades y la volvía a poner su prenda íntima.

Irene tiene una hernia discal que, desde hace más de once años, la ha hecho acudir a ejercicios de rehabilitación y mantenimiento gracias a los cuales se mantenía sin demasiados dolores. Pero un día, mes y medio después de que a Marga la dieran de alta en el hospital, según estaba impartiendo sus clases sintió un dolor fuerte al final de la espalda, justo encima del culo, que la inmovilizó completamente y la hizo perder el conocimiento. Lo siguiente que recuerda es que, cuándo volvió a tener conciencia, se encontró tumbada en el suelo en una posición bastante incomoda y muy confusa y que la estaba atendiendo la profesora de la clase de al lado que acudió a ver lo que pasaba después de escuchar un golpe seco y el revuelo que los críos armaron al no saber que hacer mientras veían que su “seño” caía al suelo sin conocimiento. Mientras se quejaba de que la dolía mucho la cabeza a cuenta del golpe que se había dado al caer, la otra profesora observó que Irene, sin poder hacer nada por evitarlo ya que no podía contener su vejiga, se estaba meando por lo que la tapó de cintura para abajo con su chaqueta de punto para que los niños no lo vieran. Unos minutos más tarde llegó el jefe de estudios acompañado por dos hombres con una camilla que, en ambulancia, la trasladaron hasta urgencias donde decidieron internarla para tenerla en observación durante unos días hasta que, al no decidirse a intervenirla quirúrgicamente y después de realizarla muchas pruebas, la encorsetaron desde los hombros hasta la ingle reduciéndola considerablemente su movilidad. Después de estar ingresada doce días la enviaron a su casa para que, tras pasarse casi un mes postrada en la cama, los especialistas siguieran su evolución mediante las visitas que periódicamente tuvo que realizar a sus consultas.

Su sustituta, una chica muy joven y con la carrera recién acabada, es morena, alta y guapa, con un tipo sumamente esbelto y se llama Paula. Como sus visitas al domicilio de Irene tuvieron que ser muy frecuentes no tardó en surgir entre ellas una buena amistad lo que hizo que Irene, que seguía encorsetada y recluida en su domicilio, tuviera sus mayores alicientes en los ratos que Paula pasaba con ella y en las frecuentes conversaciones telefónicas que mantenía con Marga. Al existir entre ellas suficiente confianza como para hablar de este tema, Irene se interesó por conocer sus inclinaciones sexuales y Paula la informó de que como todas las chicas jóvenes se masturbaba con cierta frecuencia pero que sus amigos decían que era una muy estrecha y seca puesto que nunca se “ponía” ni demostraba el menor interés por el sexo. A pesar de que la había hablado de que no se planteaba que otra mujer la comiera el chocho y que la repugnaba el pensar que la besara tras hacerlo, Paula empezó a dejar de lado sus habituales pantalones para acudir a casa de Irene con vestidos cortos. Un día y tras asegurarse de que estaban solas, Paula, muy decidida, se quitó el vestido, el sujetador y el tanga y poniéndose delante de Irene bien abierta de piernas la dijo: “¿te gusta mi seta?, la tengo bien abierta, ¿quieres tocármela?”. Irene no se lo pensó y a pesar de que su movilidad era bastante reducida la atrajo hacía ella y tras ponerla una de sus manos en la masa glútea, la acarició varias veces la raja vaginal antes de meterla dos dedos en el coño y masturbarla. Aunque era evidente que tenía ganas, Paula estaba un tanto cohibida ya que, aparte de que era la primera vez que permitía que una mujer se lo hiciera, temía que de un momento a otro llegaran los hijos de Irene y las pillaran en plena acción por lo que, aunque la gustaba, la costó “romper” pero, cuándo lo hizo, no tardó en alcanzar otros dos orgasmos casi seguidos mientras Irene continuó con su labor hasta que, al llegar de nuevo al clímax, Paula no pudo aguantarse más y se meó abundantemente mientras Irene, muy complacida, no se perdía detalle de la salida de su pis. Aunque Paula la repitió hasta la saciedad que no era lesbiana, desde aquel día permitió que, una ó dos veces a la semana, Irene la tocara todo lo que quisiera la almeja y el culo; la masturbara hasta, que tras correrse tres ó cuatro veces, echaba su pis a chorros y la hurgara en el ano haciendo que, en más de una ocasión, tuviera que dirigirse precipitadamente al water para vaciar su intestino. Durante los cerca de cuatro meses que Irene necesitó para recuperarse, Paula la demostró que, al igual que ella, alcanzaba los orgasmos con bastante facilidad y con mucha intensidad.

En sus mutuas confidencias Irene la comentó que siempre la había gustado otra profesora de infantil llamada Nuria que es casi de la misma edad que Paula, está soltera, es muy guapa y reconocía públicamente que era bisexual y que otra mujer por la que sentía muy atraída era Rebeca, la madre de una de sus alumnas, que es una mujer delgada y esbelta que acababa de separarse y que, además de estar de lo más apetecible, siempre vestía en un plan muy elegante y sugerente. Paula no se lo pensó y con el propósito de dar una grata sorpresa a Irene, se entrevistó al día siguiente con Rebeca que no dudó en reconocer que tenía muchos deseos sexuales pero que, tras su matrimonio, no se planteaba satisfacerlos por medio del sexo hetero. Aquella confidencia facilitó sumamente su labor a Paula a la que no la resultó difícil lograr que diera su beneplácito para relacionarse sexualmente con Irene y que, por propia iniciativa, esa misma tarde empezara a acudir con asiduidad al domicilio de la profesora. Unos días más tarde y aprovechando una reunión de los profesores, habló con Nuria que se mostró muy desilusionada después de haber estado saliendo durante varias semanas con el padre de una sus antiguas alumnas. Según la explicó, el hombre la deseaba por lo que Nuria tuvo que “pararle los pies” mostrándose sumamente estrecha en el aspecto sexual hasta que un día, tras dar un buen paseo, accedió a que la acompañara a su domicilio para tomar una copa y para que la penetrara vaginalmente encontrándose con un “instrumento” minúsculo que no hubo forma humana de ponerle tieso. Después de pasarse más de un cuarto de hora chupándole el rabo y moviéndoselo con sus manos con el tanga en los tobillos, le permitió que la comiera el chocho para ver si así se le ponía en condiciones. Se lo hizo de maravilla metiéndola la lengua hasta el conducto uterino y Nuria se corrió dos veces en su boca pero, tras aquello, el rabo continuaba estando flácido. Molesta y un tanto enfadada le preguntó que como había conseguido tener hijos con su mujer y un poco avergonzado la contestó que había veces en que se le ponía bien tieso con bastante facilidad pero que otras tenía que pasarse horas moviéndoselo delante del ordenador al mismo tiempo que veía películas de alto contenido sexual para poder “rendir” adecuadamente con su mujer. Según la dijo, una vez que logra que el rabo se le ponga bien tieso la erección se mantiene durante bastante tiempo aunque reconoció que también necesitaba follarse a su mujer durante un buen rato si pretendía llegar a echarla la leche. Como aquella experiencia no la había gustado y según la explicó a Paula, siempre la tocaban los rabos más “fofos” y pequeños empezando a dudar que hubiera hombres provistos de un “instrumento” gordo y largo, Nuria tenía prácticamente decidido el intentarlo en plan lesbico e incluso, había pensado en Irene para llevarlo a cabo puesto que sabía que ambas se gustaban. Por ello, Paula tampoco tuvo la menor dificultad para lograr que Nuria la acompañara en sus visitas, casi diarias, al domicilio de Irene y que en pocos días y sin importarlas que Paula las viera, estuvieran plenamente integradas en su actividad sexual lesbica. Paula, que no solía intervenir de manera activa en sus relaciones, observó que mientras Rebeca es una autentica máquina corriéndose y meándose que, además, libera con suma facilidad el esfínter en cuanto Irene la hurga con sus dedos en el culo, Nuria alcanza el orgasmo con rapidez las dos primeras veces pero, después, la cuesta algo más llegar al clímax y generalmente, se mea un poco antes de correrse por tercera vez instante en el que, entre convulsiones, gemidos, jadeos y un gusto increíble, expulsa unas cantidades impresionantes de flujo. Además de retener bastante bien la salida de su caca, lo que permitía que Irene la hurgara en el culo durante muchos minutos, Nuria es una chica muy regular ya que cada vez que está a punto de llegar al clímax y su orgasmo es múltiplo de tres echa su pis, en menor ó mayor cantidad pero siempre a chorros.

Una vez que a Irene la quitaron el encorsetado quiso compensar su largo periodo de obligada abstinencia sexual encontrando en Nuria, Rebeca y algunas veces Paula unas excelentes aliadas para conseguirlo, ya que cada una de ellas y a distintas horas, se ocupó de comerla la seta y de masturbarla hasta lograr que se meara de gusto además de hurgarla en el culo para provocarla unas cagadas monumentales. La presencia en sus sesiones sexuales del pis y la caca de las tres, puesto que Paula se seguía manteniendo un poco al margen, fue habitual y no tardaron en juntar sus meadas para bebérselas y su mierda para, tras olerla y tocarla, comérsela. Aunque Nuria y Rebeca, al principio, sentían arcadas no tardaron en hacerse a ello, dándose cuenta de que “aquello” era un manjar y más desde que empezaron a acompañarlo con el pis que recogían durante sus sesiones sexuales.

Unas semanas más tarde a Irene la dieron el alta y regresó a su actividad en el colegio. Paula ese día no paró de llorar y el despedirse por la tarde de los que habían sido sus primeros alumnos se convirtió en una tarea realmente desagradable, penosa y triste que originó que terminara llorando a lágrima viva sentada en un rincón de la clase sin que nadie fuera capaz de consolarla. Irene, después de todo lo que había hecho por ella, se entrevistó con el director del colegio con intención de que Paula continuara en el centro escolar, al menos hasta que finalizara de curso, ocupándose de la guardería y de las suplencias pero, a los pocos días, la llamaron para liquidar y agradecerla los servicios prestados aunque echándola en cara que determinadas madres se habían quejado de que empleara expresiones malsonantes como coño y joder en las aulas; que más de una vez se pusiera histérica con los críos y que, al no poder castigar a los progenitores por ello, obligaba a los niños a permanecer fuera de la clase cuándo llegaban tarde. Paula, bastante contrariada, decidió dedicarse a dar clases a domicilio. No llevaba ni un mes con ello cuándo la llamaron de un centro escolar público ubicado en la provincia ofreciéndola el suplir durante lo que quedaba de curso a una profesora de infantil que estaba a punto de dar a luz. Fue entonces cuándo comprendió que la suplencia realizada a Irene se había convertido en una especie de lanzadera. Lo que más la costó fue tener que separarse de sus amigas y compañeras Irene y Nuria pues, aunque volvía a su domicilio desde la tarde del viernes a la madrugada del lunes, sabía que su relación ya no iba a ser igual a pesar de que continúan en contacto. Paula, en la actualidad, ocupa una plaza fija en un centro escolar de la provincia de Madrid donde, definitivamente, ha optado por el sexo lesbico compartiendo cama y vivienda con otra profesora del colegio.

Mientras tanto Marga se fue recuperando con mayor rapidez de la prevista, volvió a mear por la almeja y regresó a su domicilio ya que, aunque Agustín, Laura y María Fe la habían tratado muy bien y les estaba sumamente agradecida, estaba deseando volver a su casa y reiniciar su actividad sexual con Irene. Unas semanas más tarde, comenzó a relacionarse, al principio en grupo y después de manera independiente, con Nuria y Rebeca. A pesar de que, entre las secuelas que la quedaron a cuenta de la rotura pélvica, padecía una importante incontinencia urinaria; solía acabar escocida; la costaba llegar al orgasmo y no era capaz de correrse más de tres veces, volvió a disfrutar de su cuerpo y especialmente de su culo ya que sus tres amigas, con intención de no forzarla demasiado vaginalmente, la solían hurgar durante un buen rato con sus dedos antes de penetrarla con una braga-pene lo que hacía que, durante el proceso, se excitara, no pudiera cerrar el “grifo” de su pis y se cagara y varias veces, en toda regla sin que Irene, Nuria ó Rebeca dejaran de encularla. Aquellas relaciones múltiples, al final, resultaron muy productivas puesto que, a través de ellas, Marga descubrió que era capaz de alcanzar el clímax y sin necesidad de tocarse, haciéndoselo a Irene, Nuria ó Rebeca y que en tales momentos sus orgasmos eran muy intensos.

Nuria las habló un día de que una vecina suya llevaba bastante tiempo sometida a un ama y que, aparte de estar a plena disposición de su señora para todo, mantenía relaciones sexuales lesbicas casi todos los días y con la posibilidad de elegir con quien hacerlo entre un grupo bastante variado de mujeres. Ella había pensado en unirse pero no se terminaba de decidir ya que tenía miedo a no dar de si todo lo que debiera aunque se animaría si Irene, Marga y Rebeca decidían someterse junto a ella. Las tres se lo pensaron puesto que su propuesta era una posibilidad que nunca se habían planteado y Marga, además, entendía que no la iba a aceptar por ser ciega. Al final, decidieron que la idea de Nuria era buena y que podían intentarlo. Pocos días después de que Nuria hablara con su vecina las llamó Sara, mi mano derecha, quedando con ellas por separado para hacerlas un completísimo reportaje fotográfico. Como es normal las probó, primero de una en una y una semana después juntas, para comprobar que, efectivamente, eran muy viciosas y tan sumamente guarras que estaban dispuestas a permitir que las sacaran del cuerpo hasta la última gota de líquido y el último gramo de caca. Las reunió, de nuevo, una tarde para aconsejarlas que mantuvieran depilado su chocho y que ajustaran su vestuario a mis gustos utilizando durante el verano faldas y vestidos sumamente cortos que las permitieran lucir las piernas y ropa interior lo más sugerente posible con poca tela y muchas transparencias y que durante el periodo invernal podían continuar con el mismo vestuario, aunque con prendas de mayor grosor y cubriendo sus piernas con leotardos ó pantys, además de poder ponerse vestidos más largos, preferiblemente con aberturas laterales y pantalones muy ajustados. De acuerdo con mis instrucciones las inyectó durante varias semanas en las tetas hasta que logró que, aparte de estar siempre muy húmedas, de las de Marga, Nuria y Rebeca, las más jóvenes, saliera y en una cantidad bastante aceptable, leche artificial, comprobó sus niveles de flujo introduciéndolas un tanga en la seta que tuvieron que mantener en su interior, completamente empapado, durante algo más de un día y como prueba definitiva las dijo que tenían que sorprender en plena acción a mujeres que se lo estuvieran haciendo al aire libre y unirse activamente a ellas.

Las cuatro se pusieron enseguida de acuerdo en el lugar donde debían de buscar puesto que es de dominio público que allí se llevan a cabo diariamente varios contactos sexuales lesbicos pero las costó mucho más de lo que pensaban dar con las féminas que saben ocultarse muy bien de curiosos y mirones. Rebeca fue la que más suerte tuvo ya que no tardó en localizar a un par de estudiantes “dándose el lote” completamente desnudas encima de unas toallas de baño. Las jóvenes no la pusieron ninguna pega para que se uniera a ellas y Rebeca, después de quitarse la ropa, se dedicó a enseñarlas a continuar con su actividad sexual hasta que, tras varios orgasmos y algunos casi seguidos, ambas se mearon abundantemente y a darse gusto analmente hurgándolas al mismo tiempo con sus dedos bien introducidos en sus culos hasta que, a base de hacerlas apretar, consiguió que saliera su mierda. Después de extraerlas con rapidez los dedos dejó que se colocaran en cuclillas para que expulsaran unos gruesos y largos “chorizos”. Una de ellas la agradeció que la hubiera provocado la cagada ya que llevaba varios días estreñida.

Irene y Marga, que formaron equipo, tuvieron bastantes más dificultades hasta que escucharon a una mujer que, detrás de unos arbustos, decía: “¿otra vez te viene el gusto?, eres una golfa, querida y estoy casi segura de que corres mucho más conmigo que cuándo te folla el cabrón de tu marido”. En esta ocasión se trataba de dos hembras “maduritas” y la que había hablado, dotada de unas tetas gordas y grandes que se la movían en todas las direcciones, estaba meándose colocada en cuclillas encima de los pelos púbicos de su amiga que era más joven y que, tumbada boca arriba en el hierba completamente abierta de piernas, disfrutaba de un orgasmo muy intenso y largo mientras notaba caer el copioso pis de la mujer de las tetas gordas y grandes que se sorprendió al ver que Irene y Marga entraban en su “recinto” viendo que la ropa de ambas féminas se encontraba desperdigada pero se mostró mucho más amable y simpática en cuanto la dijeron que querían unirse a ellas a lo que contestó que podían hacerlo siempre que fueran ellas las que se ocuparan de darlas gusto. La mujer que se acababa de correr estaba tan sumamente caliente y entregada que, en cuanto Irene procedió a masturbarla con dos dedos, volvió a alcanzar el clímax y unos segundos después se meó copiosamente. Irene aprovechó la salida masiva de su pis para meterla el puño en el coño y efectuarla un fisting vaginal con el que, sin dejar de convulsionarse, gemir y moverse, echó flujo a borbotones y soltó una buena cantidad de mierda. La otra mujer, al verlo, la dijo: “cuidado que eres cerda que hasta te cagas de gusto”. Cuándo Irene la extrajo el puño la fémina estaba tan exhausta que no podía ni hablar. La mujer de las tetas gordas y grandes, tras bajar a Marga la braga hasta las rodillas con intención de masturbarla, la incitó a que la tocara y mamara las tetas diciéndola: “aprovéchate y saboréalas que he estado preñada seis veces y están gordas y tersas”. Marga, aunque la costó, acabó corriéndose y la mujer, tras extraerlas los dedos y chupárselos, hizo que se arrodillara delante de ella para que la comiera la almeja y tras correrse dos veces en su boca, se volvió a mear delante de Marga que, acto seguido, la masturbó con sus dedos durante unos minutos más.

Nuria, por su parte, encontró a dos mujeres de mediana edad que, antes de empezar a vestirse, estaban intercambiando su ropa interior. Acercándose a ellas se ofreció a participar en su actividad sexual pero, aunque la dejaron que las acariciara el chocho con su mano extendida durante un par de minutos lo que permitió que comprobara que estaban sumamente húmedas, la explicaron que acababan de hacérselo por lo que se encontraban pletóricas y satisfechas. Además, la comentaron que, al haber dedicado a su relación más tiempo del previsto, se las había hecho tarde y tenían que volver rápidamente a sus domicilios donde las estaban esperando varias de sus labores domesticas. Después de dar vueltas y más vueltas y desesperada por no encontrar lo que buscaba, se puso de acuerdo con Sara para unirse a una pareja joven que estaba haciéndolo a la vista de todo el mundo. La chica, completamente desnuda, se encontraba encima de un banco a cuatro patas y le realizaba una soberbia mamada lenta al chico que, sin ropa de cintura para abajo, no dejaba de hurgarla en el culo con sus dedos. Cuándo Nuria se acercó a ellos el chico, con cara de pocos amigos, la miró fijamente y la preguntó: “¿se puede saber qué quieres, pedorra?”. Le contestó que pretendía ocuparse de la seta de la chica. Esta, al oírlo, dejó de chupársela y le dijo: “por favor, déjala, necesito correrme”. El chico, sin hacer caso, la cogió con fuerza del pelo y la obligó a seguir con su labor metiéndose todo el rabo en la boca. Al ver que echaba grandes cantidades de saliva y sentía arcadas la dijo: “como se te ocurra vomitar encima de mi te aseguro que te acuerdas”. Acto seguido y dirigiéndose a Nuria la pidió que se desnudara para que, tras lucir sus encantos delante de él, pudiera hacer lo que quisiera con el coño de su amiga. El chico, en cuanto la vio sin ropa, la mandó acercarse y haciendo que abriera sus piernas, la apretó las tetas, la examinó de forma visual y táctil la almeja y procedió a acariciársela logrando que Nuria se mojara lo que le hizo exclamar: “otra con muchas ganas”. Después de preguntarla si se estaba “poniendo” viéndoles sin obtener respuesta, la obligó a darse la vuelta y a inclinarse para meterla muy profundo en el culo uno de sus dedos diciendo que aquella cueva “prometía” mucho. Nuria no tardó en sentir que como siguiera hurgándola se iba a cagar. El chico, al notarlo, la dijo: “¿que te ocurre, cerda, no puedes retener la salida de tu mierda?” y metiéndola otro dedo la forzó haciendo que se cagara. Sumamente complacido, la sacó los dedos y contempló la salida de un gordo y largo “chorizo” sin dejar de decirla: “así, así, que salga muy despacio”. Aquello le excitó tanto que, en cuanto el “chorizo” de mierda que había expulsado Nuria cayó al suelo, se corrió y después de echarla a la chica los primeros chorros de leche en la garganta para que se los tuviera que tragar, la sacó el rabo de la boca precipitadamente y dejó que el resto, que salía a grandes chorros y con mucha fuerza, acabara en la cara, el cuello y el pelo de la joven. Nuria se quedó maravillada tanto por el descomunal tamaño del rabo del chico como por la gran cantidad de leche que soltó y el tiempo que empleó en echarla. Una vez que logró que su amiga la lamiera el ano a Nuria hasta limpiárselo hizo que la chica se tumbara boca arriba en el banco con la cabeza apoyada en sus piernas y tras abrirla con sus dedos los labios vaginales, la dijo a Nuria que se ocupara de que el chocho de la joven se empapara sintiendo mucho gusto. Nuria, colocándose entre las abiertas piernas de la cría, la acarició un poco la raja vaginal e incitada a abreviar por el chico, la metió dos dedos. La joven respondió adecuadamente y como tenía unas ganas enormes de correrse, llegó al clímax con gran rapidez. El chico, al verlo, la dijo: “qué rápido te has corrido, golfa” e indicándola a Nuria que continuara con su cometido, procedió a apretarla con fuerza las tetas. La cría no tardó en alcanzar dos nuevos orgasmos casi consecutivos y unos segundos más tarde, se meó abundantemente. El chico, viendo salir su pis a chorros al más puro tipo fuente, la dijo: “me gusta verte mear, echa más pis, guarra”. En cuanto acabó la hizo volver a colocarse a cuatro patas encima del banco y tras hurgarla unos instantes en el culo con dos dedos, exclamó: “esto parece que está en su punto”. Haciendo que, una vez más, la chica le chupara el rabo y esta vez con mamadas mucho más rápidas y sin permitirla más descansos que cuándo, sacándosela de la boca, le pasaba la lengua por la abertura, la obligó una y otra vez a metérsela entera en la boca hasta que, además de que hubo momentos en que casi se ahoga, acabó por devolver con el “instrumento” introducido por completo en su boca. El chico muy furioso, la tiró al suelo y después de limpiarse con la minifalda de color blanco que había llevado puesta la chica, la obligó a ponerse a cuatro patas en el suelo y haciendo que Nuria la mantuviera bien abierto el culo con sus manos la penetró analmente sin la menor contemplación para darla por el culo con movimientos muy rápidos. La cría, notando un tremendo dolor mientras el gordo y largo “instrumento” la perforaba todo el recto para entrar en su intestino, chilló, gritó y se desesperó mientras su amigo, tirándola del pelo, la decía: “cállate, golfa y aprieta con fuerza tus paredes réctales contra mi rabo”. Nuria, tras dejar de abrirla el culo con sus manos, decidió tumbarse entre las abiertas piernas de la chica y ocuparse de comerla el chocho. La cría, que a pesar del dolor continuaba alcanzando los orgasmos con facilidad y rapidez, se corrió y volvió a mearse un poco antes de que el hombre la echara una gran cantidad de leche en el interior de su ano diciendo: “que culo más exquisito, que gustazo”. Nuria, sin dejar de comerla la seta, la mantuvo bien abiertos los labios vaginales mientras el chico continuó dándola por el culo. De repente, el joven la gritó: “¿te estás cagando?”. La chica no respondió y el hombre la introdujo hasta el fondo todo el rabo con lo que, en un instante, se le impregnó en la mierda de la cría. Sacándoselo del culo completamente tieso y bien untado en caca, hizo que la cría se mantuviera en la misma posición y comenzó a pasarla el dedo gordo por el orificio anal. Nuria se incorporó para masturbar a la chica. En cuanto la caca hizo su aparición por el ano, el chico, abriéndola con sus manos el culo, contempló muy entusiasmado como expulsaba dos gordos “chorizos” de mierda manchados en la leche que la había echado pocos minutos antes. En cuanto terminó de salir mierda, el joven, tras limpiarse el rabo esta vez con el tanga de la chica y llamarla “cagona”, “cerda” y “zorra”, la obligó a recuperar su posición inicial, a cuatro patas sobre el banco, para que volviera a chuparle el “instrumento” metiéndoselo prácticamente entero en la boca al mismo tiempo que él, una vez más, la hurgaba con sus dedos en el culo diciéndola que tenía que lograr que el rabo se volviera a poner bien tieso para poder metérselo más veces por el culo. Nuria, sin saber exactamente que hacer, permanecía sentada detrás de la chica acariciándola la raja vaginal y contemplando la intensa actividad que su amigo desarrollaba en su culo. Finalmente, la chica, tras echar unos cortos pero intensos chorros de pis, volvió a cagarse, de manera masiva y totalmente líquida, en cuanto el hombre la sacó los dedos del culo diciéndola que estaba a “punto de caramelo” y que esperaba que echara mucha mierda. Mientras su caca salía al exterior hizo que le pasara unos instantes la lengua por la abertura del rabo y por los huevos y sin esperar a que terminara de cagar, se colocó detrás de ella y abriéndola con sus manos el culo, de nuevo sin el menor miramiento, la penetró analmente y se la folló con movimientos mucho más lentos que la vez anterior. Unos cinco minutos más tarde se corrió y tras echarla unos chorros dentro del culo, la sacó el rabo para que el resto de la leche, que salía a grandes chorros y con una fuerza impresionante, acabara en la espalda y en la parte inferior del pelo de la chica. Nuria estaba maravillada y en aquel momento no la hubiera importado que la diera por el culo con tal de tener dentro de ella y disfrutar de semejante rabo y de sus descomunales corridas. El joven, en cuanto terminó de echarla la leche, volvió a penetrarla analmente y la dijo que la iba a dar por el culo hasta que se le vaciaran los huevos ó se lo reventara pero como no tardó en tener todo el “instrumento” impregnado en la mierda de la chica, optó por sacársela y mientras volvía a limpiarse el rabo con el tanga de la cría, esta se acercó sonriente a Nuria y haciendo que la acariciara el coño, la dijo: “me has dado mucho más gusto que este cabronazo al que sólo parece interesarle mi culo” y acto seguido la besó en la boca. El chico, al verlas, las separó bruscamente y muy enfadado, la dijo a Nuria: “vístete, puta tortillera y vete de aquí”. Después se dirigió a la chica y la dijo: “túmbate en el suelo que voy a darte otra vez por el culo pero esta vez echado sobre ti”. Mientras Nuria se ponía la ropa vio que el chico, una vez más, la metió su gordo y largo rabo por el culo sin la menor contemplación y que, según se iba echando encima de ella, se lo introducía hasta sus gordos huevos. Aunque la cría no dejaba de gritar de dolor y de insultarle, procedió a moverse con movimientos muy rápidos mientras, metiendo sus manos entre la hierba y el cuerpo de la chica, empezó a tirar de sus tetas como si la estuviera ordeñando. Después la dijo que le mojara los huevos con una de sus abundantes y frecuentes meadas y que apretara con fuerza sus paredes réctales ya que quería que se volviera a cagar mientras la echaba la leche. Nuria, al irse, sintió mucha pena de la chica lamentando que tan excelente “yegua” se hubiera dejado dominar por un hombre tan egoísta y posesivo.

Después de demostrar que eran dóciles y estaban en perfecta disposición para todo, llegó el momento de realizar sus aportaciones económicas. Marga y Nuria no tuvieron el menor problema para ello mientras que a Irene la costó un poco más ya que no quería decirle nada a su marido, al que apenas veía puesto que pasaba mucho más tiempo con Judith y Rosa que en su propia casa y al final, Marga la ayudó a completar el dinero. Rebeca, tras hacer una pequeña aportación económica, dijo que no podía darme más ya que al haber cerrado la inmobiliaria en la que trabajaba estaba en el paro y al no encontrar un trabajo “decente”, ella y su hijo tenían que subsistir con lo que cobraba del paro y la pensión que le pasaba al niño el que fue su marido por lo que se decidió por aportar al grupo a alguna de sus amigas. Me habló de varias diciéndome que todas eran cerdas y multiorgasmicas. Su oferta me empezó a interesar cuándo me propuso integrar en el grupo a Carolina, una de las hijas gemelas de Caridad que, a su vez, tuvo dos niñas, también gemelas, en una relación sentimental que llevo a cabo antes de casarse. Se trata de una mujer “diez”, a la que tuve ocasión de atender durante su embarazo y en el parto y por ello sé que, además de unas buenas tetas y gran raja vaginal muy abierta y siempre húmeda, no la falta de nada. Además, me pareció que para todas las integrantes del grupo será realmente excitante ver a Caridad, su madre, haciéndoselo a Carolina ya que, hasta ahora, en el grupo contamos con dos madres y sus hijas, Pilar y Elena por un lado e Inés y Noemí por otro pero en ambos casos las hijas se opusieron desde el primer momento a participar en la actividad sexual de sus madres de la misma manera que no querían que sus progenitoras tomaran parte en la suya por lo que, actualmente, sólo se producen contactos entre Elena y Noemí, Noemí y Pilar e Inés y Pilar. La indiqué a Rebeca que tenía muchas dudas con respecto a que Carolina fuera “bollera” y que, aunque lo fuera, tiene que estar sumamente ocupada con sus quehaceres políticos como para mantener relaciones sexuales lesbicas pero que dijo que siempre encuentra tiempo para hacerlo con una cuñada y que, además de prometerme que en un plazo máximo de dos meses estaría dentro del grupo, me aseguraba que era una “yegua” excepcional a la que la encanta el sexo lesbico guarro.

Unos días más tarde lleve a cabo mi primera e intensa sesión sexual con cada una de ellas por separado haciéndolas disfrutar de las excelencias de un buen fisting vaginal. Unas sesiones después y con la ayuda de unos enemas vaginales inyectables, las hice correrse y mearse sin parar durante casi diez minutos inmersas en un intensísimo placer hasta vaciarse por completo y quedar tan agotadas y exhaustas que, a pesar de beber en muy poco tiempo una gran cantidad de agua, tardaron un buen rato en recuperarse.

Con su incorporación se planteó el problema de acomodarlas convenientemente en el grupo ya que mi agenda sexual está bastante saturada y no podía atenderlas con demasiada regularidad mientras que Sara, a pesar de la ayuda que recibe de Begoña, Montse y Paloma, debe de dedicar buena parte de su tiempo libre a probar a las candidatas y a programar las distintas sesiones sexuales de cada una de las integrantes del grupo de acuerdo con la periodicidad que estas desean e Irene, Marga, Nuria y Rebeca habían propuesto tener sexo a días alternos. Solucioné el problema al decir que Marga, puesto que es capaz de correrse haciéndolo, se encargara de dar gusto a sus tres amigas por separado. Unos días más tarde la viciosa y guarra María José (Marijo) decidió que Nuria fuera su pareja sexual tres veces por semana pero como el sexo la está dejando sin tiempo material para dedicárselo a la casa en la que vive puso como condición que Nuria, que vive sola y al estar soltera no tiene ninguna carga familiar, la ayude durante los fines de semana con las labores domesticas lo que, por otro lado, la está permitiendo disponer de más tiempo los sábados y los domingos para llevar a cabo con Nuria y otras féminas contactos sexuales de mayor duración intentando que uno de ellos sea conmigo. Nuria aceptó y mientras a Marijo la “pone” el hacerlo con la que, en su día, fue la profesora de sus hijos y que una mujer invidente pero sumamente ardiente y cerda como Marga la fuerce todos los jueves por la noche hasta superar sus límites, a Nuria la excita el tener a su completa disposición la ropa interior usada por Marijo y especialmente las bragas, para, tras olerlas hasta la saciedad, lavárselas a mano, tenderlas, recogerlas y plancharlas. A Marijo, además, la ha venido muy bien la reciente incorporación de Caridad, la madre de Carolina, que es una mujer muy exigente con las féminas que caen en sus manos ya que, cuándo no tiene otros compromisos que atender, la gusta que Caridad participe en sus contactos sexuales con intención de que una de ellas fuerce vaginalmente y la otra analmente a su pareja antes de que se encargue de vaciar a Marijo. Caridad, que nos ha dicho que no la importa tener a su hija en el grupo y que la gustaría poder follársela alguna vez delante de algunas de nosotras y con un interés muy especial ahora que es “mayorcita”, aunque por su edad no tiene mucho aguante, nos está resultando una autentica puta a la que, cuándo la toca recibir, la encanta que nos ocupemos de una manera especial de su culo ya que, según nos comenta, ha sido utilizado muy pocas veces. Además como lleva varios años metida en diversas actividades sexuales y se dedica a alquilar habitaciones en un piso que tiene deshabitado sin que las personas que las ocupan sepan que se encuentran llenas de cámaras para poder seguir desde su domicilio, tanto en directo como mediante una grabación, el desarrollo de las sesiones sexuales que allí se desarrollan, se ha especializado en masturbar y comer la almeja a las mujeres hasta conseguir que se meen de gusto y entre Paloma y Sara la han adiestrado a realizar fistings y a usar consoladores de rosca.

Para acabar, me queda Rebeca que era la que peor panorama tenía. Conchi, otra de mis sumisas, se encaprichó de ella pues la gustaba que se corriera con tanta facilidad y que, al llegar al clímax, se produjera una salida bastante masiva de su flujo. Después de hablarlo entre ellas y conmigo para que diera mi conformidad a lo que habían pensado, acordaron que Rebeca, además de estar siempre bien dispuesta para satisfacer sexualmente a Conchi en todas sus necesidades, apuntara a su hijo en la guardería del colegio y lo dejara a comer en el centro escolar para poder ofrecerla trabajo puesto que Conchi tiene con una cuñada un comercio de lencería fina que no quieren cerrar al mediodía ya que a esas horas tienen un buen volumen de ventas y para poder acoplar los horarios de las dos chicas que se ocupan actualmente de la tienda necesitaban contratar a otra empleada a media jornada. Según me había explicado Conchi, en estos tiempos en los que hay tanta gente en el paro no las estaba resultando fácil dar con la persona idónea. De esta manera, Rebeca, después de dejar a su hijo en la guardería del colegio a las siete y medía de la mañana, llega diez minutos más tarde al domicilio de Conchi con la que mantiene un encuentro sexual de poco más de media hora de duración. Desde las ocho y cuarto hasta las diez y cuarto y mientras Conchi se encarga de realizar las compras y preparar la comida, Rebeca permanece en el piso haciendo las camas, limpiando la vivienda, recogiendo la cocina y la ropa tendida y planchando. De diez y medía a tres trabaja en el comercio de Conchi. Por la tarde, los lunes, martes y jueves se relaciona sexualmente con Conchi desde las cuatro a las cinco y cuarto y los miércoles y viernes ayuda en el comercio sin un horario fijo. Rebeca, finalmente, suele pasar la noche del viernes en su casa con Nuria y la del sábado con Marga.


Un relato erótico de GINECOLOGA publicado el 26/09/2011, con 39.326 lecturas hasta la fecha