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Los calzoncillos del abuelo

Fetichismo ? Quizá o de seguro. Pero exitarse con una prenda usada por un hombre mayor, bien mayor...es también lo máximo.
Un relato erótico de carmigue publicado el 17/10/2013, con 32.091 lecturas hasta la fecha

En éste relato les contaré algo que no se si les ha sucedido a muchos, pues lo mío no se si sea gay o quizá una fijación extraña. No lo se y tampoco me ha interesado mucho el averiguarlo. Lo que siento es que en cierto modo me hizo muy feliz en su momento y aún hoy en día al recordarlo.

Desde muy pequeño; creo que cuando empecé a tomar conciencia de la realidad, me di cuenta que me atraían sobre manera los hombres mayores, ancianos. Y es que me sentía dichoso cuando mi abuelo que para ese entonces contaría unos 70 años, me permitía sentarme en su regazo o sostenerme apretándome entre sus robustas piernas. Lo mismo sentía con mi padre que estaría por los 50. Hera tal la sensación que procuraba estar siempre que podía al lado de cualquiera de ellos, pero preferentemente con mi abuelo.

Mi abuelo, un hombre robusto, curtido en los aceres del campo vestía siempre pantalones holgados, confeccionados por el sastre del pueblo. Me agradaba mirar su amplísima bragueta cerrada con botones, que a veces por las prisas quizá, olvidaba abotonarlos uno o dos, cuando seguramente los abría para orinar. Me gustaba tanto mirarlo sentado, cuando su vientre un tanto abultado cedía paso a lo que más llamaba mi atención de niño: su entrepierna. Y es que a pesar de la holgura de los pantalones, se abultaba algo como un mango, que a veces y en los días de calor especialmente se dilataba por el costado de una pierna. Disimuladamente me extasiaba contemplando de reojo. Seguramente de más pequeño quizá hasta me haya apoyado distraídamente sobre “aquello”. No lo se. Recuerdo como si fuera ayer, cómo me daba modos para adivinar el momento en que mi abuelo se cambiaba sus calzoncillos (igual cuando lo hacía mi padre) para furtivamente tomarlos y disfrutar el aroma que de ellos se desprendía. Para mirarlos largamente, ajados, sudados y a veces con unas manchas que yo no sabía de qué era, algo así como unas manchas de goma que se distribuían justo a los lados de la abertura. Me encantaba, cuando el momento era propicio desnudarme rápidamente y ponérmelos, cerrarlos y jugar a sacar mi pequeña pilila abriendo los botones. Cosa que resultaba demasiada pretensiosa, debido a lo pequeño de mi miembro. Sin embargo al hacer eso, veía que le causaba un agrandamiento que me causaba miedo porque me parecía que se hinchaba, quitándomelos rápidamente los dejaba tal y como los hallaba, escapando ahí mismo como un rayo.

Olvidaba decir que tanto mi abuelo como mi padre usaban calzoncillos hechos de tela de algodón, holgados y cerrados la bragueta con botones. Los de mi abuelo siempre más grandes y con una larga hilera de botones, mientras que mi padre a veces los usaba de esa manera y en pocas ocasiones, los tradicionales slip de algodón blanco. Para mí otra delicia.

Además claro que esto solo me sucedía con mi abuelo y con mi padre. Nada que ver con los demás niños, o los primos mayores a mí…o incluso otros hombres jóvenes extraños. Cuando crecí y fui a la escuela, tampoco sentía atracción alguna por nadie que no fueran hombres bastante mayores. Aunque claro, solo eran fantasías.

Siempre me contenté con lo que hasta aquí les he relatado, hasta que en cierta ocasión ya entrando a la pubertad empecé a tramar la manera de mirar en vivo y en directo ya sea a mi padre o al abuelo. Me intrigaba lo abultado del abuelo, y lo poco que en realidad se le hacía a mi padre. Pensaba ¿porqué hay diferencia? Y de lo mío, ni hablar siquiera. Día tras día pensaba cómo lo haría, de qué me aprovecharía o de si tendría el valor suficiente para enfrentar la reprimenda si llegara a ser descubierto en mis andanzas.

Fue a sí que fingiendo estar con un fuerte dolor de cabeza, cierta tarde al volver del colegio me acosté en la cama del abuelo (olvidaba decirles, mi abuela había fallecido unos meses antes y él ya estaría con más de los 80 años). En realidad como me gustaba hacerlo, me había dormido hasta ya entrada la noche cuando él entró y me habló preguntándome si me había calmado el dolor y si gustaba ir a mi casa para la cena, a lo cual respondí que un poco, pero que no sentía ganas de comer nada y que más bien me permitiera quedarme a amanecer ahí esa noche.

- No se preocupe por mí, le dije. Dormiré en el otro cuarto para que usted pueda descansar en su cama.

- Tranquilo, me dijo. Duerme bien y yo me acostaré a un lado.

Pasaron los minutos y cuando llegó la hora, yo ya había tomado posición de manera que ni se diera cuenta para cuando se desvistiera para dormir. Así fue, tal y como lo imaginé, se quitó la camisa y lentamente aflojó el cinturón, luego abrió uno…dos…tres…cuatro botones de su enorme bragueta y sus pantalones se deslizaron dejando al descubierto su cuerpo cubierto solo por el calzoncillo que tanto yo amaba. La visión me dejó sin aliento: su abdomen abultado, su enorme instrumento que yo suponía balanceándose debajo de la tela. Y lo que es más y lo que menos esperaba yo, es que levantó las frazadas y se dispuso a introducirse debajo junto a mí, apagando previamente la luz de la habitación.

Mi corazón latía a mil y sentí temor de que se diera cuenta de mi turbación y sobre todo de que fingía estar dormido. Me quedé en silencio como pude y sin una brizna de sueño por el impacto. Pasaron los minutos, se movía y yo podía sentir el calor que me llegaba de él. Perdí la noción del tiempo cuando me percaté que al fin dormía. Mi cabeza entre tanto trabajaba: qué podía hacer para sentir por fin el cuerpo de mi abuelo? Todo lo que se me pasaba, lo rechazaba y es que no podía quedar en evidencia. Pero, ¿cómo no sentir la textura de aquello que tanto me gustaba? Así que tras tantas dudas, lentamente y como pude, deslicé mi brazo hasta dejarlo reposar sobre la cintura de él, que dormía de espaldas a mí. Después que percibí que dormía profundamente fui milimétricamente acercando la palma de mi mano hasta que por fin descansó sobre ese bulto suave y protuberante que tanto había imaginado.

No podía distinguir sobre su calzoncillo, pero me daba la sensación de haberla hecho reposar sobre un globo lleno de algo que se movía en su interior. No podía hacer más. Si la oprimía lo despertaría. Armándome de paciencia y controlando el temblor de mi mano, como pude y tras grandes esfuerzos, al fin pude soltar uno…dos botones de su trajinada bragueta. Por fortuna, los ojales estaban bastante abiertos por el uso. Con la mano sudorosa y casi con las yemas de los dedos pude lograr distinguir el pene completamente flácido casi pegado a la bolsa de sus colosales testículos. Y digo colosales porque para entonces y asociando entre lo que siempre vi ceñido y lo que ahora palpaba, el pene era más bien delgado pero largo, no así los testículos que fácilmente les rebasaban en tamaño a los de las gallinas. Él, como que se movió y yo me quedé de piedra. Esperé y al comprobar que seguía con su profundo sueño, me arriesgué a tirar suavemente de su pene hasta lograr zafarlo del calzoncillo. Lo hice y quedó colgando fuera. Imperceptiblemente logré palparlo en todo lo largo; efectivamente era delgado…quizá unos 15 centímetros, muy suave y flexible, como si se tratara de un largo dedo de guante de látex lleno con agua… claramente pude distinguir su glande descubierto. Todo un triunfo. Me daban ganas de acariciarlo, de jugar con él…de tomar su enorme escroto y también tirarlo hacia fuera….de encender la luz….de decirle : abuelito, déjame jugar entre tus piernas. Pero me contuve. Había hecho más de la cuenta. Yo solo quería verlo en calzoncillos y fue mucho más que eso. Como pude, retiré mi mano deseosa de continuar palpando esa delicia. El corazón alborotado quería salírseme del pecho. Me quedé quieto a pesar de la erección que yo tenía. Me dije: ya mañana me pondré un calzoncillo de él o de mi padre y jugaré hasta hacer que se reviente. Estuve despierto varias horas entre mis dudas hasta que el sueño me venció, contagiado por mi abuelo. Nunca más volví a arriesgarme con él. No se, si esa noche lo sintió y fingió que estaba dormido lo cierto es que nunca me lo mencionó siquiera. Al día siguiente y antes de que yo lo sintiera él ya estaba en pie y siguiendo su rutina.

En el caso de mi padre, al tenerlo siempre cerca se me hacía fácil saber cuando se cambiaba y hasta sabía de memoria cómo lo disponía hasta el lavado. Empezaba percibiendo el olor, lo acariciaba, lo contemplaba de todas las manera posibles, me lo frotaba y terminaba poniéndomelo como si fuera mío. Luego con el pene levantado, procedía a jugar haciendo que orinaba, habría los botones cuando era el caso y lo sacaba, jugaba a sacar mis pequeñas pelotas fuera y a imaginar las de él en un maravilloso balanceo. Así, mis largas sesiones terminaban con mi resistencia y la última caricia de la tela la sentía al limpiar la última gotita que quedaba sobre la abertura de mi glande. Debo de contarles que fue con un slip blanco que raramente usaba, grande para mí obviamente pero empapado en sudor y con un fuerte olor a orinas, que lancé al aire mi primer chorro de semen. Me asusté, tendría unos 14 años. En principio esa sensación de hormigueo y luego ¡saz! Un chorro que ni supe que era. Me puse mal, creí que algo raro me pasaba. Desconocía que eso ocurría al frotarlo demasiado. Luego y ya recobrado, quise sentir de nuevo ese delicioso cosquilleo, y frotando y frotando mi pilila contra la suave abertura del slip, volvió esa agradable sensación y cuando menos lo esperaba, fuertes chorros se esparcieron por el suelo. Cómo lograr olvidarlo. Mi primer semen manchando la abertura del calzoncillo de mi padre.

Más tarde, aunque no lo crean. Planee una estrategia igual a la de mi abuelo con el fin de poder conocer su pene y sus testículos. Con mi padre también ya bastante mayor. Aunque claro, con él se me facilitaron las cosas. Había empezado a padecer de dolores reumáticos en la cadera que se le extendían a la una pierna y el médico le había recetado un ungüento para hacerse frotaciones, así que ni corto ni perezoso me ofrecía para dárselos. Con algo de resistencia de su parte aceptó y así poco a poco fui haciéndome de su confianza. Como también usaba calzoncillos holgados, al principio introducía una mano por la manga y se lo aplicaba en la cadera. Pero aquí ocurría algo gracioso: al vaivén de las frotaciones, la tela del calzoncillo le oprimía el pene y los testículos, lo hacía a propósito, y, que cómo me daba cuenta?...porque empezaba a notarse un agrandamiento de su pene, por lo que él rápidamente se incorporaba aduciendo que se le producían calambres., disimulando así hasta que se le pasara la incipiente erección que se le aparecía. Así transcurrieron unas dos semanas hasta que un buen día, él mismo se abrió los botones y se lo bajó hasta la media pierna. Quedaron así ante mi vista sus encantos: un pene rechoncho como de unos 10 centímetros, grueso, de un color hermoso, con un glande expuesto y sin el clásico prepucio, un espléndido escroto que dibujaba sus testículos, no tan grandes como los del abuelo, pero sí suficientes para su hombría. Un escroto distendido desprovisto de arrugas y de vello, el cual apenas quedaba reducido a un pequeño mechón casi al pie de su colgante pene. Al principio no dije nada, solo miré y así pasaron los días. Él se habituó y ya no se inmutaba, hasta llegó a quitarse completamente el calzoncillo para facilitarme la tarea. Un buen día me animé y le hablé acerca del tema. Tratando de disimular mi turbación le pregunté el porqué de su pene sin prepucio, y me contó entonces que su padre le había hecho practicar la circuncisión cuando pequeño y yo asocié que lo mismo había ocurrido con mi abuelo. Llegué incluso a mencionarle lo pequeño de mi pene encerrado en el prepucio y el escaso desarrollo que para entonces habían alcanzado mi par de bolas…Riéndose dijo: no importa, espera y verás, si son apenas como dos semillas, buenas semillas serán después de poco tiempo. Luego haciéndome el descuidado, se los toqué y como no dijo nada y más bien me sonrió, siempre se los acaricié al menos un minuto, evitando más tiempo, para prevenir que se le parara. Lo amaba demasiado para hacerlo pasar un mal rato. Ahora sí podía sentir su hombría entre mis manos. La textura de sus atributos varoniles se quedarían grabados en mis manos y en mi mente. Fueron pocas las semanas que disfruté de esa delicia, pero creo que valió la pena.

Mi abuelo falleció a los 92 años y mi padre a los 76. Los dos únicos hombres en mi vida. Y lo digo, porque nunca traté de sobrepasarme con ellos, especialmente con mi padre. A hurtadillas siempre jugué con sus calzoncillos no lo niego…me los ponía y me masturbaba. Me resultaba tan agradable imaginar sus anatomías en esas circunstancias, aunque bien yo sabía que ellos fueron hombres de verdad y que las usaban como solo ellos lo supieron hacer. Quizá por ello, luego encontré con quien comprobar mi masculinidad. Nunca me casé, pero por casi diez años cambié un calzoncillo varonil, por una vagina de verdad.

PD. Fue tal mi apego y mi fijación a los calzoncillos del abuelo (y los de mi padre) que me guardé en recuerdo un par de cada uno. Incluso, de mi abuelo, uno, me lo hurté recién quitado. Hoy ya nadie creo que los usa de esa manera y estoy pensando seriamente en retomar la costumbre de ellos al hacerlos confeccionar a su talla y preferencia. De hecho uso calzoncillos de tela, pero son de fábrica y no son tan a mi gusto como me siguen gustando los de ellos.


Un relato erótico de carmigue publicado el 17/10/2013, con 32.091 lecturas hasta la fecha