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Sra. Diana, con el enemigo de mi esposo

Hola….Nuevamente yo, la señora que no me considero infiel porque en realidad, aunque me he metido con mi amigo, no me considero su amante y lo hemos platicado en las veces que nos hemos revolcado. Hemos llegado al acuerdo que ni Alfredo dejara a su es
Un relato erótico de El General publicado el 28/04/2011, con 38.582 lecturas hasta la fecha

Hola….Nuevamente yo, la señora que no me considero infiel porque en realidad, aunque me he metido con mi amigo, no me considero su amante y lo hemos platicado en las veces que nos hemos revolcado. Hemos llegado al acuerdo que ni Alfredo dejara a su esposa ni yo a mi familia, pero que seremos ante todos, amigos y nada más y que solo cuando se nos despierte la hormona, podremos considerar el hecho de tener relaciones sexuales….eso es ser infiel??
Pues bien, no se si mi esposo se haya dado cuenta de algo más, pero lo cierto es que en todo momento me demostró tener celos de mi amigo, y en realidad desconozco si fue motivado por mis actitudes o por el hecho de que algo descubrió mi esposo. No se pero lo que si me confeso, es que no le gustaba verme tan de cerca de Alfredo.
Creo haber contado en algún relato anterior que mi marido por mas que se ponga celoso, en ocasiones es muy fantasioso y cuando hacemos el amor, nos excitamos contándonos fantasías en donde en muchas de ellas, entra en acción Alfredo….no entiendo a mi esposo pero le tiene celos pero siempre lo mete en nuestras fantasías para excitarse aun mas.
A mi marido le disgustaba todo de él, especialmente que se mostrara con chicas jovencísimas, casi adolescentes, como si de un galán maduro se tratara.
En cuánto a mí, no tenía ninguna opinión formada al respecto. Era solidaria, por supuesto, con los sentimientos de mi esposo, pero la verdad es que el tipo me parecía demasiado buen mozo como para expresar alguna emoción negativa hacia él y la amistad por el contrario, me hacía sentirme a su lado en cualquier situación.
Ya había asistido yo sola con Alfredo a las reuniones de fin de año de parte de la empresa, pero …nunca había asistido en alguna reunión en donde sin esperarlo nadie, coincidiríamos los tres.
Ese día, mi esposo me invito a la cena de fin de año y al llegar, cuál fue nuestra sorpresa encontrarnos ahí a Alfredo. Apenas nos vimos los tres y no dejamos de vernos con sorpresa y mi marido no pudo más que mostrarse hipócrita ente su presencia. Charlamos un rato, los tres….mas bien solo Alfredo y yo porque mi esposo guardaba silencio y solo respondía cuando era necesario, y en un momento dado, se retiro solo para tomar una copa y al regresar, fuimos interrumpidos bruscamente por mi marido, quién me ordenó, sin darme lugar a réplica alguna, que no hablara con ese hijo de puta. Textuales palabras suyas.
-Lo único que tiene en mente ese desgraciado cuándo habla con una mujer es llevársela a la cama- me advirtió mi marido visiblemente ofuscado.
La verdad es que su innecesaria advertencia me ofendió. Por sus palabras parecía que yo sería capaz de sucumbir ante las dotes seductoras de su enemigo ahí frente a todos los invitados…..tal vez si estuviéramos en otro sitio….tal vez si, pero no en un lugar como este.
Pues aquella tarde fui a buscar a mi marido al trabajo. Deseaba darle una sorpresa. Últimamente, debido a mis reiteradas infidelidades con Alfredo, estaba mucho más atenta y servicial. Incluso hacíamos el amor más seguido y hasta lo disfrutábamos mucho más que antes y mas cuando intervenían las fantasías en donde salía a relucir mi amigo.
Sería el cargo de conciencia, no sé, pero sentía la ineludible necesidad de congraciarme con él, de complacerlo en todos y cada uno de sus requerimientos.
Lamentablemente cuándo llegué a la empresa de mi esposo, él todavía no había terminado con su recorrido, ya que ante la ausencia de un colega, debió visitar también las áreas más importantes que no había podido cubrir su compañero. Eso fue lo que me explico Alfredo cuándo me vio esperando en la recepción.
Muy gentilmente me invitó a pasar a la cafetería de la empresa.
Una agradable fragancia netamente masculina me envolvió con sus voluptuosas oleadas cuándo se acerco a darme un beso.
-Tanto tiempo que no te veía, ¡estás hermosísima Diana!, como siempre, en verdad….y mira que coincidencia ehh…vine a ofrecer productos de mi taller y ve a quien me encuentro??- me halagó.
Él estaba buen presentable debido a la negociación que quería llevar a cabo en la empresa de mi esposo.
-Gracias, pero tu también te ves muy bien Alfredo- le dije.
Nos instalamos en la cafetería y, mientras tomábamos un café, comenzamos a charlar de cosas intrascendentes, mirándonos cada vez con mayor avidez.
Cuándo una comienza a sonreír tontamente, a desviar la mirada y a sonrojarse sin razón aparente es por que ya estamos absolutamente entregadas, sin posibilidad alguna de caución.
Recordé entonces la dura advertencia de mi marido, ” lo único que tiene en mente ese desgraciado cuándo habla con una mujer es llevársela a la cama”; y la verdad es que tal posibilidad no me desagradaba en lo absoluto.
-¿Qué te parece si un día de estos almorzamos juntos?- me preguntó en determinado momento, ya definitivamente roto el hielo inicial.
-Me parece que te estás olvidando de algo- le aclaré.
Hizo un gesto como que no sabía a que me refería.
-Que soy una mujer casada, Alfredo- le recordé –y creo que a mi esposo no le gustaría para nada la idea si se entera verdad-
-Bueno, él no tendría porque enterarse- adujo.
-Alfredo, ¿acaso me estás haciendo una propuesta indecente aquí?- quise saber.
-No tiene porque ser indecente el que te invite en este lugar, somos dos personas adultas, ¿acaso te crees ese cuento de la fidelidad?- replicó.
-¿A que te referís?- le pregunté.
-Mira, voy a serte franco a riesgo de que me des un sopapo y te vayas tirándome el café encima, se que tu esposo me odia o no puede verme porque su rostro dice mucho y, que no me puede ni ver, y déjame decirte que el sentimiento es mutuo, y también se que por esa misma razón te prohibió que hablaras siquiera conmigo, recuerdo muy bien aquel brindis de fin de año en Hidalgo y como se enojó al enterarse que estuvimos juntos, así que atando cabos y a cierto instinto que tengo con las mujeres me doy cuenta de que por algo estas aquí conmigo ehh!!!, ¿es así ó me equivoco?- dijo con una suficiencia casi exasperante.
-¿Sabes una cosa?, Tienes razón- me levanté y agregue haciéndome la ofendida –en cuánto a lo del tirarte el café- enfilé hacia la puerta y rematé –lo de tirártelo quedara para otra oportunidad-
Antes de que pudiera apoyar siquiera la mano en el picaporte de la cafetería salió disparado de su asiento y me detuvo.
-Pará, discúlpame si te ofendí, te juro que no fue mi intención- me dijo apoyando su mano sobre la mía, hablándome muy de cerca, embriagándome con su aliento y su fragancia tan intensamente varonil.
Me solté y me dirigí hacia la oficina de mi esposo el cual aun no llegaba y el personal estaba en una reunión por lo que no se dieron cuenta que ingrese al privado. Hasta allá me alcanzo Alfredo y apenas estaba yo cerrando la oficina de mi esposo cuando nuevamente su mano atrapo la mía, impidiendo que cerrara esa puerta y se metió tras de mi. La carne es débil, y en situaciones como esa no soy de oponer demasiada resistencia. De modo tal que antes de que pudiese articular otra palabra ya estaba colgada de su cuello y lo besaba con enardecida fruición.
Tal reacción de mi parte lo tomó absolutamente desprevenido, pero tras reponerse de esa impactante sorpresa inicial, supo retribuirme con igual ó mayor frenesí.
Durante un prolongado instante ninguno de los dos dijo nada. Solo nos besábamos ávidamente, dándole rienda suelta a esas tremendas ganas que al parecer ambos teníamos desde hacia tiempo.
Sus manos, que en un primer momento se habían aferrado a mi cintura, fueron descendiendo progresivamente hasta hacer presa a mi trasero, sobándomelo y acariciándomelo mientras nuestras lenguas no se daban respiro alguno.
-Hace rato que te tenía ganas, Diana…..tenia días que no te veía- me confesó luego, entre dulces y apasionados chuponcitos –conozco un lugar espectacular, podemos ir y …. –
-Me gustaría hacerlo aquí mismo- lo interrumpí.
-¿Aquí?, ¿en la oficina de tu esposo?- se sorprendió.
-Si, ¿acaso no te excita la idea?, porque te aseguro que a mí este lugar me inspira a hacer cosas que ni te imaginas- le aseguré mientras le sobaba ya el bulto de la entrepierna.
Lo pensó un instante, y viéndome tan entusiasmada al respecto no le quedo otra que aceptar mi particular sugerencia.
Fui hacia el teléfono y por el interno llame a la secretaria de mi esposo.
-Alba, soy Diana la esposa de tu Jefe…..no le vayas a decir que estoy aquí en su oficina porque quiero darle una sorpresa, así que por favor, ni te acerques ni le digas nada…..tampoco pases llamadas, ….. -
- Señora disculpe que no la vi entrar, es que Salí al baño, …..no se preocupe, su esposo salió de nueva cuenta a una junta ya que estaba llegando cuando le hablaron para que se fuera con el Director a la sala de juntas con los accionistas ….y en unos minutos estoy saliendo ya de mi trabajo……no se le ofrece nada?=
- No Alba…..si es así, puedes irte ya desde ahorita…..creo que ya eres la única en la oficina verdad? –
- Si Señora Diana, soy la única….bueno a excepción de los Directores, y su esposo….bueno y una persona que está esperando al Director para una negociación pero no sé donde este esa persona –
- Ahhh…..no hay problema entonces,….puedes irte y ya no te preocupes por mi, yo aquí esperare en lo que leo un libro y…..si veo a ese señor que dices…..le diré que espere, yo lo atenderé para que no se le haga pesado el tiempo….anda parte ya para tu casa y que tengas buena tarde-.
Apenas colgué el teléfono y sabiendo que no había nadie y que mi esposo estaría en reunión, me di la vuelta hacia Alfredo solo para fijar mi mirada en sus ojos en lo que el me decía:
¿Y ….., cuáles son esas cosas que te inspira este oficina?- quiso saber.
Me acerque aún más a él y mientras le sonreía con capciosa complicidad le baje el cierre del pantalón, metiendo enseguida una mano dentro de esa tan codiciada bragueta.
Lo que agarré casi me corta la respiración. Volver a sentir esa piel desnuda entre mis manos, me enchino la piel.
Apenas podía contenerlo con una mano. Gordo, macizo, de soberbias proporciones, el objeto de mi afecto poseía las tres condiciones básicas que siempre busca una mujer en un hombre, grosor, longitud y consistencia. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?. Esas tres cuestiones garantizan la felicidad absoluta, se los puedo asegurar.
Sin intención alguna de andarme con rodeos, me postré de rodillas ante él, como adorándolo, y, extrayendo de entre sus ropas el Supremo Artilugio del Placer, lo recorrí con la lengua, de arriba abajo, sobándolo con los labios, los dientes y las encías, oliéndolo, ocultando la nariz, lamiéndole hasta los huevos, para luego si, chupársela con el ahínco y el entusiasmo de quién ha esperado ese momento por un largo, largo tiempo.
Alfredo soltó un más que expresivo suspiro cuándo su miembro resbaló hacia lo más profundo de mi garganta.
Aunque siempre me gusta mirar a los ojos al hombre a quién se la estoy chupando, en ese momento me deje llevar por la intensidad y el frenesí, y con los ojos bien cerrados, concentrada en mi propio Universo, me dedique a hacerle una mamada de aquellas.
Con la soltura y habilidad que ya había ganado luego de tantas mamadas a mi esposo, deslizaba el Supremo pijazo dentro y fuera de mi boca, sorbiéndolo con avidez, golosamente, sin pausa ni respiro, masticándolo, paladeando cada centímetro.
Cuándo ya lo tuvo bien duro, erguido a más no poder, me agarró de los brazos y me atrajo hacia si.
Se lo notaba tremendamente excitado, las mejillas encendidas, los ojos inyectados, la respiración agitada.
Con una mano todavía le sostenía la pija como si de un Todopoderoso mango se tratase.
Sin decirme ni una sola palabra, musitando apenas mi nombre, me desabrocho la blusa, y, tirando el corpiño hacia abajo, descubrió mis pechos llenos y exaltados.
Sin pedir permiso ni nada me los chupó, de a uno por vez, acariciándomelos, aprisionando entre sus entusiastas manos esa voluptuosa carne que, por ese breve momento, le pertenecería por completo
Luego resbaló por mis caderas, me levantó la falda casi hasta la cintura, y, contando con mi más absoluto beneplácito, deslizó un par de dedos dentro de la bombacha, comprobando ” in situ ” la profusa humedad que aquel jueguito previo había provocado.
Los movió apenas un rato adentro, lo suficiente como para ponerme a tono, tras lo cuál me bajó la bombacha hasta los tobillos.
Ni bien levante un pie, el derecho, para despojarme de ella, Alfredo me rodeo con sus brazos y sin darme tiempo a nada me arrastró consigo hacia el escritorio de mi esposo.
Allí, me sentó en el borde del mismo y haciéndome abrir las piernas de par en par, avanzó impetuoso entre ellas, la pija bien al palo, amoratada de tanta excitación, y haciendo gala de su bien ganada “licencia para coger”, me la metió toda entera de un solo y más que certero saque.
Los dos éramos bestias en celo enjauladas, lo adivinábamos el uno en el otro, por eso desde el principio empezó a darme con todo, bien duro y parejo, como yo le reclamaba.
-¡Ahhhhhhhhhhhh! ……….. ¡Siiiiiiiiiiiiiiii! …….. ¡Dame con todo! ………….. ¡Sácate las ganas! …………. ¡Reviéntame a vergazos! …….úsame….haz de mi tu objeto!!!….-
Demás esta decir que eso era precisamente lo que Alfredo hacia, reventarme a vergazos, masacrarme a puro combazos, uno detrás de otro, cogiéndome en esa forma única que solo un macho con su experiencia puede practicar.
Abrazada a él yo recibía entusiasmada cada ensarte, las piernas bien estiradas, con la bombacha colgando graciosamente de mi tobillo izquierdo.
Con los brazos bien apoyados en el escritorio, Alfredo movía su pelvis a un ritmo por demás desenfrenado, agotador para cualquier sujeto normal, pero no para él, una auténtica máquina de fornicar.
Sin pausa ni tregua alguna se movía dentro y fuera, dentro y fuera, a una velocidad inaudita, irrefrenable, un certero y demoledor bombeo que me perforaba hasta lo más íntimo y sagrado.
En algún momento, cuándo sobrevino mi primera explosión orgásmica, me solté de su cuerpo y apoyando, al igual que él, mis brazos en el escritorio, comencé a mover también mis caderas, de atrás hacia delante, acoplándome a sus movimientos, yendo a su encuentro en vez de esperar que él viniera por mí.
Ni bien arreció mi segundo polvo me desplomé sobre el escritorio, jadeante y conmocionada.
Él seguía impertérrito como si recién hubiese empezado.
Sin dejar de darme eso que tanto me gusta se aferró de mis tetas y empezó a sobármelas con frenesí mientras me surtía aguerridamente, conmoviéndome hasta el alma a puro vaivén.
Entrelazando mis piernas alrededor de su cintura yo lo atraía aún más hacia mí, lo retenía plácidamente, deseando sentirlo más adentro todavía aunque creo que más profundo era prácticamente imposible.
-¡Estás buenísima Diana…..buenísima! ……… ¡Eres una mujer realmente caliente y hermosa! ………. – me susurraba Alfredo entre clavada y clavada -¡No sé como te ha de gozar tu marido…..estas riquísima y seguro tu esposo se ha de vaciar en cada cogida que te da verdad?…..y tu hermosa Dianita……estas no solo para dejarte coger por tu esposo……ni por mi tampoco…..eres una mujer para varios hombres…..eres una ricura de putita!-
Sus palabras no me herían, por el contrario me excitaban mucho más todavía.
El sentirme suya sabiendo lo que él representaba para mi marido y sabiendo donde estábamos en ese momento, me estimulaba de una manera por demás incontrolable.
Echándose encima de mí, volvió a besarme en esa forma única, tan apasionada, entrelazando su lengua con la mía, acaloradamente, degustándome con avidez y delectación.
No tardo mucho más en correrse dentro de mi.
Mis besos, mis caricias, mis miradas, mis piernas que lo retenían, todo le confirmaba que quería, deseaba, anhelaba que me acabara adentro.
Así lo hizo. Ni siquiera fue necesario decírselo. Él comprendió las señales. Así que tras una última y certera estocada se disolvió en mi interior, fluyendo efusivamente por cada resquicio de mi sexo, apagando momentáneamente las llamaradas de pasión que él mismo había provocado.
Arqueando la espalda me acople aún más a él, gozando como nunca esa vibrante y caudalosa descarga, recibiendo chorro de semen dentro de mi más que felicísima conchita.
Fusionados el uno en el otro gemíamos y suspirábamos emotivamente, nos deshacíamos de placer entregándonos por completo a ese goce procaz y prohibido que tanto nos agrada y complace.
Por supuesto que con semejante chotazo a mano no iba a privarme de sentirlo por donde mas estragos provoca, así que, tras un breve interludio pletórico de besos y caricias, ya lo tenía tras de mí perforándome el culo con impetuosa dedicación y suficiencia.
Ambos estábamos bien plantados en el suelo afirmado contra el escritorio, moviéndonos al mismo ritmo, atrás – adelante, atrás – adelante, una y otra vez, consiguiendo una penetración plena, completa, absoluta.
Sus inquietas manos no dejaban centímetro de mi cuerpo por recorrer. Me amasaba las tetas, me hurgaba la concha, todo sin dejar de bombearme el culo a quemarropa, descerrajándome un pijazo tras otro sin tregua ni descanso.
Echada sobre el escritorio con a boca bien abierta yo jadeaba sin respiro, agitando mis cabellos de un lado a otro, gozando plenamente de la Suprema Virilidad que el ser mas despreciado por mi esposo me dispensaba.
Nuevamente me acabo adentro. No iba a privarme de ese gusto.
Derrumbándose sobre mi esforzada espalda, rodeándome la cintura con un brazo, los dedos de una mano bien encajados en mi sexo, Alfredo soltó un caudal incontenible que se derramó por mis muslos y piernas, empapándome con esa agradable y pegajosa efusividad.
Durante un buen rato me quede ahí, sometida a su encanto, disfrutando de las lascivas delicias que tan espectacular polvo me regalaba.
No lo digo con maldad pero me divertía pensar que ahí mismo, en la oficina en donde mi marido había tenido y tendría infinidad de reuniones de trabajo, estaba uno de los clientes de la empresa, con su amada esposa dándome cogida tras cogida, vuelta y vuelta, apoteóticamente.
Luego, mientras le limpiaba la pija con los labios y la lengua, él sentado en su sillón y yo postrada entre sus piernas, me dijo, mientras me acariciaba dulcemente la cabeza:
-¿Dianita……quisiera que siempre me la mamaras aquí…..en la oficina de tu esposo……quieres? Te aseguro que la pasaríamos muy bien con tanta adrenalina encima-
Como explicarle que pese a lo que acabábamos de hacer yo estaba perdidamente enamorada de mi esposo y que no lo cambiaría por nadie en el Mundo así me ofrecieran el Cielo y las estrellas.
Mi esposo y mis hijos son lo más importante para mí, ellos están primero, el sexo viene después.
Si en algún momento tuviera que elegir entre ambos, no lo dudaría. Mi familia seria la elección.
Por ahora creo que lo estoy manejando bastante bien, después quién sabe, espero seguir por la buena senda.
Al rato Alfredo me despedía de la oficina de mi esposo, con una palmadita en mi culo.
Tal como había hecho antes de encontrarme con él, me senté a esperar a mi marido en la oficina, donde un ambiente a sexo imperaba y donde el escritorio tenia plasmado mi trasero, y una humedad se alcanzaba a apreciar en esa madera.
Apenas Alfredo se había retirado, y a los dos minutos, llegó mi esposo. Me puse de pie, para que me admirara tras esa ropa siempre provocativa, y al descubrir sus ojos abiertos admirándome, se me abalanzo a lo que abrí mis brazos y nos envolvimos en un fuerte abrazo cariñoso, dándonos un deleitable beso en los labios. El semen de su enemigo todavía hervía dentro de mí. El olor a macho y hembra copulando, rondaba ese ambiente y mi esposo ahí me tenia abrazada acariciando mis caderas recién usadas por otro hombre……ese hombre al que mi esposo cela bastante pensando en que quiere cogerme……..sin saber que lo ha hecho más de una vez.


Un relato erótico de El General - general.zeus@yahoo.com publicado el 28/04/2011, con 38.582 lecturas hasta la fecha

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