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Vencida por el deseo

Cuando mis dedos se metían en mi vagina,me llevaron a sentir que era la polla de mi hijo la que me estaba follando con el ímpetu de un joven en plena efervescencia, desde que mi marido me había comentado como nuestro hijo me miraba últimamente de otr
Un relato erótico de Relatos publicado el 16/09/2009, con 37.839 lecturas hasta la fecha

Cuando mis dedos se metían en mi vagina,me llevaron a sentir que era la polla de mi hijo la que me estaba follando con el ímpetu de un joven en plena efervescencia, desde que mi marido me había comentado como nuestro hijo me miraba últimamente de otra forma y que le había notado excitarse al hacerlo, algo había cambiado en mi comportamiento.

Aunque, quizás por mi educación por ese puritanismo que nos han enseñado me negaba a aceptar que eso pudiese ser así, se lo negaba a mi marido y me negaba a creerlo pero lo cierto es que quizás inconscientemente en un principio empecé a hacer cosas para probar si eso era cierto.

Me di cuenta que cada vez me paseaba por casa con menos ropa cuando estaba Jorge y, que sin querer, me dedicaba a controlar sus reacciones, sus miradas, en fin a tratar de saber si se excitaba o no como decía su padre.

Una mañana todas mis dudas desaparecieron. Como todos los días me había levantado a preparar el desayuno, Alberto mi marido estaba en el baño afeitándose y Jorge entró como siempre a la cocina a desayunar, me dio un beso, y se sentó a la mesa. Siempre solía ir en slip y camiseta. Yo, como ya he dicho, no se si consciente o inconscientemente, o eso quería creer, últimamente solía ir muy cómoda. Ese día me acuerdo que llevaba una bata corta de raso que me llegaba justo debajo las nalgas, atada con un cinturón y, aunque suelo dormir con bragas, las había echado al cesto de la ropa sucia y no llevaba nada. Lo cierto es que me pasé todo el tiempo agachándome a coger cosas que se me caían, si lo hacía de frente Jorge podía verme las tetas por el escote abierto de la bata, tengo además una 100, es decir unas buenas tetas, y si lo hacía de espaldas le dejaba ver todo mi culo y esa parte que se ve además desde atrás con el vello negro ahí aunque el resto tenga teñido de caoba.

Al irle a servir el colacao y las tostadas le ofrecí la vista de nuevo de mis tetas que asomaban por la bata medio abierta, y vi como una de sus manos estaba debajo de la mesa. De nuevo me agaché pero esta vez para con disimulo mirar donde estaba la mano de mi hijo. Una sensación de vergüenza, de nerviosismo y creo que también de excitación me recorrió como un latigazo cuando vi que su mano agarraba su pedazo de mástil que parecía querer romper el slip. Nerviosa y excitada salí rápidamente de la cocina con la excusa de ir a buscar a Alberto para que no se le enfriase el desayuno.

Esa mañana cuando me quedé sola en casa no hacía otra cosa que pensar en el bulto de mi hijo y en lo que me decía mi marido sobre como le excitaba a Jorge. Sin darme cuenta, sentada en la taza del baño, me sorprendí con la bata abierta, tocándome, con mis labios abiertos, húmedos y mis dedos jugando con mi clítoris. Me miré en el espejo que ocupa todo el frente del baño, me vi los pechos con los pezones rosados duros y excitados, me los acaricié. Venciendo la vergüenza de pensar que estaba así por la excitación que le producía a mi hijo, y no se si siendo consciente que me había puesto así viéndolo como un hombre que quería follarme, que podía hacerlo. Estos pensamientos me llevaron a sentir, cuando mis dedos se metían en mi vagina una y otra vez, que era la polla de mi hijo, de Jorge, la que entraba y salía de mi, la que en aquellos momentos me estaba follando con el ímpetu, con la fuerza, con el ardor de un chaval, de un joven en plena efervescencia. No tardé en sentir un orgasmo intenso, profundo y muy rico cuando imaginé la leche caliente de mi hijo llenándome la vagina. Abrí los ojos y de nuevo me miré en el espejo, con mis pezones aún duros y excitados, abierta de piernas y notándome muy mojada sentí la sensación de ser una zorra.

Pero desde aquel día, desde aquella mañana, mi cabeza no hacía más que pensar en eso. Por supuesto no le comenté nada a Alberto, me daba una vergüenza tremenda el solo reconocer que tenía razón, mucho menos el contarle que excitada como pocas veces, me había masturbado pensando en mi hijo follándome y dejando toda su leche dentro de mi.

A partir de aquel día todo cambió en mí, ya no podía dejar de pensar en mi hijo, no podía dejar de pensar en aquel hombre que tenía en casa, me masturbe un montón de veces pensando en mi hijo follándome. Creo que hasta mi relación con Arturo cambió. Ahora era mi hijo el que despertaba mis instintos, el que hacía que me mojase casi todos los días.

Hasta que una mañana, Jorge había terminado los exámenes y no tenía clase, lo oí levantarse y meterse en el baño, eran como las diez, no sé que me pasó, pero sin apenas pensarlo, me quité la bata que llevaba y me quedé, esperándolo en la cocina, con un camisón corto casi transparente de verano, dudé en quitarme también las bragas pero no me atreví, y esperé a que viniese a la cocina a desayunar.

De espaldas, preparándole las tostadas, sentí su mirada, sentí que en silencio me observaba desde la puerta, yo hice como que no me había dado cuenta que estaba allí. Como una autentica zorra caliente, sin poder evitarlo, hacía movimientos que dejasen mi culo a su vista con mis bragas metidas entre las nalgas. Lo sentí acercarse silencioso, a la vez que me daba los buenos días y un beso en el hombro sentí su pene duro como una piedra apretarse contra mi culo, al momento mi cuerpo se electrizo y sentí un calor intenso entre mis piernas. Sin apartar su polla de mi culo, sintiéndola acomodarse entre mis nalgas, y sin hacer yo tampoco nada por apartarme, me cogió por la cintura, y me preguntó que preparaba. Casi sin respiración, y sin valor para darme la vuelta y mirarle, le contesté que unas tostadas. Sentía como me iba mojando, sentía el calor de mis deseos.

Él seguía allí, sentía como le palpitaba el pene, me miré los pezones estaban disparados bajo el fino camisón, notaba como me mojaba más y más, que vergüenza no podía volverme, ¿por qué me habría quitado la bata? Las tostadas ya estaban, pero no podía volverme y tampoco quería, el gusto que sentía al notar la polla de mi hijo me estaba volviendo loca, hubiese querido darme la vuelta y sentirla sobre mi vientre, agarrarla y besándola llevarla hasta dentro de mí, ser follada allí en ese momento por mi hijo. Pero la vergüenza, los prejuicios y la educación me tenían inmóvil, no me dejaban ni respirar.

En ese momento Jorge se separó de mí, y se fue a sentar a la mesa, aproveché el momento que volvió la espalda para dejar las tostadas encima de la mesa y salir de la cocina. Me fui a mi dormitorio a buscar la bata, estaba temblorosa y sudaba, mis pechos parecían que iban a reventar y tenía toda la braga mojada, mirándome en el espejo me pregunté como podía estar así por mi hijo, pero me gustaba no lo podía remediar. Sin pensarlo metí mi mano bajo la braga y noté mis labios abiertos, mojados y calientes, que rico que bien estaba. De pronto se abrió la puerta y entró Jorge, – Mamá ¿te pasa algo? Te he notado temblar. Se me acercó, yo había sacado la mano rápidamente, se colocó frente a mí y trató de disculparse diciendo que igual me había molestado, pero que se levantaba de la cama muy excitado y que tenía la madre más guapa del mundo. Yo seguía con mi camisón corto y las bragas empapadas. Al sentir su cuerpo rozar el mío para darme un beso, sentí de nuevo esa sensación de deseo de pasión.

Sentí su bulto volverse a pegar a mi, aunque ahora no estaba duro, me dio un beso en la mejilla sin despegarse, enseguida noté que volvía a crecer su pene dentro del slip. En ese momento yo le abracé diciéndole que no se preocupase que eran cosas normales. Ahora si sentía como había deseado su polla dura golpearme el vientre, no me separé, no podía. Mientras estábamos pegados yo le hablaba de la naturaleza de los chicos, de las cosas que eran normales, etc. notaba como él se restregaba contra mi, notaba su polla apretarme el vientre y según hablábamos la movía y movía y había crecido como no podía imaginar. Había apoyado sus manos en mis caderas mientras yo acariciaba su cara tratando de calmarle, aunque la que estaba disparada estaba yo, notaba mis tetas que iban a reventar clavar los pezones en el pecho de mi hijo. Él seguía frotando su pene contra mi vientre a la vez que me apretaba contra él cogida de las caderas No podía aguantar, quería, necesitaba ser follada por aquel muchacho, por mi hijo. Sin poderlo evitar le cogí por las nalgas y yo también le apretaba contra mi.

Sus manos se metieron por debajo de mi camisón hasta agarrarme las nalgas, con los ojos cerrados arrimé mi mejilla a la suya, le deseaba, sus dedos, apartando mi braga empezaron a recorrer la raja entre mis nalgas, yo movía las caderas como una zorra caliente para sentir su polla golpearme el vientre. Empecé a bajarle el slip, con mis manos en su culo tiraba de él hacia abajo, pero su polla, tiesa, dura como un palo, no me dejaba bajárselos. Llevé mis manos hacia adelante hasta liberar aquel pedazo de carne que estaba a punto de reventar. Quería sentir toda su leche en mí, necesitaba ser follada por mi hijo, necesitaba ser follada en aquel momento.

Me aparté, le cogí de la mano y le llevé hasta la cama, le di un beso en la boca y comencé a bajarme las bragas, él me miraba, yo con la vista baja no me atrevía a mirarle. Pensé en quitarme el camisón también y tumbarme para que se abalanzara sobre mi y me follara, no pude, me coloqué de espaldas a él, me abrí de piernas y me acerqué para que desde atrás me follara, sentí una cabeza enorme entre mis labios deseosos de que entrase en ellos, y lo hizo aquel tizón encendido se clavó en la vagina caliente, mojada y deseosa que su madre le ofrecía.

Empecé a menear mis caderas como una perra en celo, a sentir como entraba una y otra vez llenándome la vagina, haciéndome gozar como nunca lo había hecho. Me cogía de las caderas y la clavaba una y otra vez haciendo que mis tetas bailaran a su son, duras, con los pezones erectos y balanceándose a su ritmo, hasta que noté un cálido y cremoso chorro de leche que brotaba llenándome la vagina de la leche de mi hijo. Me corrí, me corrí como pocas veces lo había hecho. Caí boca abajo sobre la cama, sin volverme le dije que marchara a lavarse.

Solo una amiga, Rosa, sabe lo que pasó. Me dijo que era hasta cierto punto normal y que no tenía que darle más vueltas, pero todo ha cambiado, aunque quizás para mejor.

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Autor: Arturo


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